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Expandillero desahuciado ruega por visa para ver por última vez a su hijo en California

logotipo de El Diario El Diario 6/25/2018 Gardenia Mendoza
Marco Antonio Ballesteros. © Gardenia Mendoza. Marco Antonio Ballesteros.

A Marco Antonio Ballesteros le dieron seis meses de vida y, en la cuenta regresiva a causa del cáncer reconoce sus fallas una a una: que fue pandillero en Los Angeles, que golpeó a gente, robó, vendió droga y fue sicario: mató a una persona después de su deportación aunque las autoridades de Baja California le achacaron ocho.

Los ojos se le humedecen. Está arrepentido aunque en su balance interior considera que ya purgó con dolor y cárcel cada uno de sus delitos, de sus errores y malas decisiones sin que por ello deje de sentir rabia contra los dos sistemas de gobierno (el mexicano y el estadounidense) y contra las dos sociedades: “me orillaron a seguir por el mal camino y ahora a mi muerte‘‘.

Marco Antonio dice en entrevista con este diario que él era una buena persona e implora por piedad: “Sólo quiero una última oportunidad, una visa humanitaria para que pueda despedirme de mi hijo. Le quiero decir: eres un buen niño, échale ganas… quiero abrazarlo y que sienta todo lo que lo quiero y el amor que no voy a poder darle‘‘.

Este hombre de 31 años, 20 de los cuales vivió en California, sabe las consecuencias de la falta de expresiones de amor. En medio de la soledad que representa la cárcel y la repatriación se ha preguntado si fue la carencia de apapachos lo que lo llevó a delinquir: “Mi madrastra era buena persona. Cuando murió me dolió mucho: yo la quería, pero ella era muy fría‘‘.

Así que buscó en la calle y los amigos lo que no tenía en su casa de Fresno, donde su padre lo llevó su a vivir con la madrastra cuando él tenía cuatro años; su hermano, tres. Una década después, los dos andaban en las pandillas.

“Es a lo que aspira uno cuando es todo lo que ves, cuando te dice la televisión que es tu futuro si eres latino o negro en barrio pobre. Además ahí está la gente que admiras como adolescente de barrio: yo tenía un tío pandillero y era mi ejemplo a seguir porque no le daba miedo pelear, no se rajaba, porque parecía exitoso, siempre con dinero y mujeres‘‘.

Al principio los niños pandilleros no hacían gran cosa: fumaban marihuana, se peleaban con los  Bull Dogs (la pandilla rival); pero poco a poco se metieron en más problemas con la venta y consumo de metanfetaminas y provocaciones a la policía. Cayeron una y otra vez en prisión.

En la cárcel – explica Marco Antonio- te vuelves parte de una pandilla o estás liquidado. No tienes opción: cuando llegas el guardia te pregunta de dónde eres y cuando le dices que eres mexicano o latino te mandan a las celdas y al patio con Los Sureños a quienes se debe servir y defender.

Ballesteros fue a la cárcel varias veces. La última en Estados Unidos por acusaciones de robo de un vehículo. Estaba desesperado por ir a ver a su hijo (su ex pareja se lo había llevado a vivir aparte) y se le hizo fácil asaltar al primer coche que tuvo cerca. La conductora empezó a gritar desesperada, enloquecida, el bebé, no te lleves a mi bebé.

El asaltante se asustó y bajó del coche. Pidió disculpas, pero ya el esposo había llamado a la policía y lo llevó a juicio: le dieron seis años. Al salir, ya lo esperaba un oficial del Servicio de Inmigración y Aduanas (ICE) para expulsarlo del país.

Así llegó a Tijuana con una mano adelante y la otra atrás en 2010. Buscó trabajo en las maquiladoras y otras ofertas que leyó en el periódico pero no tenía identificaciones mexicanas (y era muy complicado sacar cualquier documento oficial como acta de nacimiento en ese tiempo) y por eso terminó en una esquina vendiendo manzanas hasta que otros ambulantes protestaron porque estaba invadiendo su territorio.

“Estaba con problemas muy fuertes de dineo cuando llegó gente de un cartel a ofrecerme trabajo y yo acepté porque no tenía ni para la renta. Acepté, se me hizo fácil, no pensé que tendría que hacer lo que hice‘‘.

Tiempo después lo capturaron, lo procesaron y le dieron 30 años de encierro por asesinato en Baja California. En la prisión de El Hongo comenzaron los dolores de espalda. Durante un año le diagnosticaron problemas con el nervio ciático, la hernia, tuberculosis, colitis, empacho, exceso de ejercicio hasta que un médico se apiadó y le dijo: “tienes cáncer, pero el Estado no quiere pagar tu tratamiento‘‘. Cuando lo llevaron a quimioterapia el daño era irreversible.

“Tengo tanto coraje contra el sistema de aquí y de allá, nunca me atendieron  yo no debí ser así, yo no debo morir así y sólo quiero que mi hijo escuche esta historia, mi historia, personalmente‘‘.

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