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La palabra de dos letras que acaba con todas las discusiones de pareja

logotipo de El Confidencial El Confidencial 19-05-2017 Gonzalo de Diego Ramos

Cómo revertir una situación como esta. (iStock) © Externa Cómo revertir una situación como esta. (iStock) ¿Enojo o principio de reconciliación? (iStock) © Proporcionado por El Confidencial ¿Enojo o principio de reconciliación? (iStock)

Las personas que más se quieren son también las que más daño se hacen. Esta frase que parece sacada de un novelón rosa guarda, sin embargo, una importante certeza: cuando estamos inmersos en una relación larga nos convertimos en el ser que mejor comprende al otro y que sabe tocar sus cuerdas más sensibles.

Tal habilidad es un arma de doble filo. Gracias a ella podemos, por un lado, conmover y llevar con facilidad a nuestra pareja hacia la emoción, la risa o el consuelo. Por otro, adquirimos el terrible poder de herir, sacar de sus casillas o mermar la autoestima del ser apreciado.

Provocamos, a veces, sentimientos negativos en el otro sin una voluntad consciente, en busca de discusiones que sirvan como vía de escape de un estado interior, como una especie catarsis. Tales actitudes, si son constantes, producen un desgaste en la pareja que en el peor de los casos conducen a su destrucción. Para prevenir que lleguemos a tales estados, Hal Runkel, especialista en terapias de pareja y familiares y autor, a su vez, de varios libros sobre dichos temas, dice haber encontrado la palabra mágica capaz de frenar las situaciones de violencia verbal involuntaria que toda pareja tendrá que afrontar en algún instante, por mucha comprensión que haya en su seno.

Mostrarnos vulnerables

Decía el clérigo y erudito inglés Robert Burton que “una palabra hiere más que una espada”. En la misma línea comenta Runkel que: “Cuando estás en un conflicto, dirás inevitablemente algo que dañara a la otra persona, usando la información más personal e íntima que tienes sobre ella o que ella tiene sobre ti”.

Siguiendo, sin embargo, la lógica de la cita de Burton podríamos colegir también que “una palabra protege más que un escudo”. Se ha hablado mucho del poder sanador de la expresión oral y los más diestros en el arte del habla son, al mismo tiempo, los que mejores capacidades tienen para transmitir confianza o motivación.

El prejuicio colectivo de que las habilidades sociales son innatas se va deshaciendo día tras día. Se habla cada vez más de las ‘soft skill’, es decir, las destrezas para tratar con los demás que se pueden aprender y entrenar. No obstante, no es necesario, a veces, siquiera adquirir una nueva pericia y basta, simplemente, una pequeña argucia utilizada con maestría.

Cuenta Runkel a ‘The Bussiness Insider’ cuál es, precisamente, el truco más efectivo que aconseja a las parejas para poner punto y final a un conflicto que puede escapar al control de los implicados. Esa palabra, en lengua española, tiene la ventaja de que consta de dos simples letras y es: ¡ay!

Para Runkel, se trata de una expresión que no se utiliza lo suficiente. Veamos un ejemplo en el que una catástrofe se puede frenar con solo pronunciar un lamento genuino. Pongamos que estás haciendo dieta y tu pareja te reprocha que a pesar de que te quejas tanto por tu peso hoy no has sido capaz ni de hacer el esfuerzo de bajar a tirar la basura. En estos casos basta indicar de una manera tan simple que lo dicho duele: “No sé si querías hacerme daño, no sé si era donde querías llegar, pero es lo que has hecho”.

Una palabra como “¡ay!” forma parte del grupo de las interjecciones. Wikipedia explica muy bien el valor de estas expresiones: “Equivalen a oraciones que expresan un sentimiento vivo (¡ay!), una llamada enérgica (¡eh!) o describen elementalmente una acción (¡zas!, zigzag) sin ser léxica y gramaticalmente organizadas”. Hablar bien no tiene, en muchos casos, nada que ver con cuestiones lingüísticas, sino con saber hacer un buen uso del mejor término en el instante más adecuado.

Un simple “¡ay!”, pronunciado con el tono apropiado, condensa una increíble cantidad de emociones. Para Runkel: “Es un paso para decirle a tu compañero: ‘¿sabes qué? Estoy tan abierto a ti que me me puedes hacer daño. Así que ¿por qué no nos hablamos como si nos amáramos realmente?”

La vida nos enseña a ocultar que somos vulnerables, y es cierto que no en todos los contextos es inteligente mostrar nuestras debilidades de forma abierta. En el caso de la pareja, la exhibición de tal cualidad suele ser, por el contrario, un signo de fortaleza con el que se permite la compasión y la empatía mutuas. Como señala Runkel, el empleo de una fórmula como esta permitirá, a través de la respuesta del otro, saber más sobre vuestros lazos.

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