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La verdad de Isabel Pantoja en 13 capítulos

Los verbos catalanes hacen cosas

En 1962 el lingüista John Austin publicó el célebre libro Cómo hacer cosas con palabras. En estas horas de confusión resultan muy útiles un par de ideas de semántica para comprender el discurso de Carles Puigdemont ayer en el Parlament. Sus palabras literalmente fueron: “asumo el mandato del pueblo de que Cataluña se convierta en un Estado independiente en forma de República”. Y después: “proponemos que el Parlamento suspenda los efectos de la declaración de independencia”. MÁS INFORMACIÓN Una nueva trampa Declaración de independencia en Cataluña, últimas noticias en directo En contra del dicho popular “hechos son amores y no buenas razones”, la teoría de los actos de habla nos explica que las palabras no solo dicen, sino que también hacen. Cuando hablamos, los hablantes actuamos, de muy distintas maneras, con diferentes matices e intensidades. No nos limitamos a describir. Entre todos los enunciados que hacen cosas, hay unos especialmente poderosos, los protagonizados por los que Austin llamó “verbos performativos”. Si, en el contexto adecuado, yo le doy a alguien una palmadita en el hombro, lo estoy felicitando. Del mismo modo, si le digo “te felicito”, también realizo el acto de felicitar. Por el contrario, decirle a alguien: “asumo que has hecho algo bien, pero suspendo mi felicitación” no es una felicitación en diferido, ni a plazos; no es una felicitación que se hace y luego se suspende. Es una no-felicitación. Para que se entienda la peculiaridad de estos verbos y sus diferencias con otros, si yo afirmo: “voy a conducir hasta Barcelona”, el hecho de decirlo no me transporta hasta allí. En cambio, “asumir”, “declarar”, “proclamar” son verbos performativos. Cuando Puigdemont dijo “asumo el mandato” estaba realizando el acto enunciado, o sea, asumir. Qué diablos quiso decir es algo que se aclara políticamente, pero desde el punto de vista semántico su frase no es una declaración de independencia, sino la asunción de un mandato. El absurdo se produjo a continuación, cuando suspendió, no la asunción del mandato, sino la declaración de independencia que no había hecho, la no-declaración. Lo explicó muy bien Miquel Iceta: “no se puede suspender lo que no existe”. A la independencia no se llega solo con palabras —se puede realizar mediante actos jurídicos, guerras, pactos—, pero si se elige hacerlo mediante un discurso, no es posible enunciar cualquier cosa. Después de los momentos de desconcierto inicial ayer a muchos nos dio por reír ante el esperpento que estábamos contemplando. Lo necesitábamos después de la tensión acumulada en los últimos días, pero esto no tiene ninguna gracia. Hasta ayer el independentismo engañaba, manipulaba, tergiversaba. Hoy estamos en otro terreno, aquel en que la realidad carece completamente de forma, porque se crea al antojo del poder. Ya no discutimos si nos parece bien o mal una decisión, sino que no sabemos cuál es la decisión. No se me ocurre una forma más eficaz de desarmar el juicio crítico de los ciudadanos que romper el consenso más elemental de cualquier sociedad: el consenso sobre lo que significan las palabras y las cosas que hacen. Irene Lozano es escritora y directora de The Thinking Campus
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