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Breve (y controvertida) historia de las reivindicaciones políticas en los Oscar

logotipo de Vanity Fair Vanity Fair 17/02/2017 Vanity Fair
© Cordon Press

Este año se espera que muchos de los que ganen un Oscar hagan un discurso político, pero hubo un tiempo en que reivindicar una causa en la ceremonia era tabú. Solo unos pocos se atrevieron a hacerlo.

En 1977 Vanessa Redgrave recibió una nominación al Oscar por Julia. Este honor fue defenestrado por la Liga de la Defensa Judía, que organizó piquetes en los eventos de la Academia en los que quemaba fotografías de la actriz. La razón es que aquel mismo año Redgrave había producido y narrado el documental El palestino, una denuncia de la inhumana situación del pueblo palestino tras la fundación (invasiva) del estado de Israel. Los manifestantes pedían, por encima de todo, que la Academia (compuesta en gran parte por judíos) castigase a la actriz dejándola sin Oscar. Pero en un emocionante giro de guión, Vanessa Redgrave ganó esa estatuilla.

Al subir al escenario, Redgrave agradeció a los votantes que no se dejasen "intimidar por un pequeño grupo de matones zionistas, cuyo comportamiento es un insulto al valor de los judíos alrededor del mundo y a su heroico historial de sufrimiento contra el fascismo y la opresión". Minutos después, al subir a entregar un galardón, Paddy Chayefsky aprovechó para amonestar a la actriz, recordándole que su Oscar no era ningún hito histórico, que resulta agotador que la gente utilice los Oscars para explotar su propaganda política personal y que "con decir 'gracias' habría sido suficiente". La sala estalló en aplausos. Cuarenta años después, los productores de la ceremonia cruzan ahora los dedos para que el 26 de febrero alguno de los ganadores aproveche su discurso para hablar de política. Eso garantizaría la viralidad, los memes y los debates a la mañana siguiente. Tras 78 ediciones, los Oscars por fin se han metido en política.

No siempre fue así. Tradicionalmente se ha considerado inapropiado o de mal gusto hablar de política durante los Oscars. La reprimenda de Paddy Chayefsky a Vanessa Redgrave denotaba un "cansancio" ante las reivindicaciones políticas porque cinco años antes Marlon Brando había enviado a una mujer india a rechazar su Oscar por El padrino como protesta por el trato del gobierno y de Hollywood a los nativos americanos. Dos discursos políticos en 50 años y Paddy Chayefsky ya estaba cansado. A saber lo que pensaría si viera los Goya. El año siguiente al terremoto Redgrave, el presentador Johnny Carson abrió con una aclaración (supuestamente) graciosa: "antes de nada, quiero decir que estoy a favor de la inclusión de nativos americanos y otras minorías en las películas, y que hay que proteger a las focas en peligro de extinción". El público le rió la gracia. Tan sólo habían pasado doce meses y las reivindicaciones políticas ya eran un chiste.

La industria de Hollywood siempre ha tendido a mirar hacia otro lado. En 1940 el productor de la gala se daba palmaditas en la espalda por haber conseguido un permiso especial para que la negra Hattie MacDaniel pudiese entrar en el hotel exclusivo para blancos donde se celebraba. La actriz ganó por Lo que el viento se llevó, y tardó varios minutos en llegar al escenario desde la butaca de la última fila donde la habían sentado. Y agradecida tenía que estar.

Los Oscars siempre han querido ser una burbuja en la que todo el mundo es feliz. Los ganadores son felices. Los perdedores también. Tom Hanks recogió su Oscar por Philadelphia y se lo dedicó a "todos esos ángeles que pueblan el cielo, Dios os bendiga", mientras el gobierno dejaba morir a miles de enfermos de sida sin concederles ayudas o siquiera una muerte digna. A Hollywood le gusta ver el lado bueno de las cosas, y odia los momentos incómodos. Por eso cuando Susan Sarandon y Tim Robbins aprovecharon en 1993 que iban a entregar el Oscar al mejor montaje para pedir que el gobierno cerrase un campamento para enfermos de sida en Haiti, el productor Gil Cates se lo tomó como algo extremadamente personal (atención al abuso de la primera persona del singular) y les vetó al año siguiente. "No les invitaría a mi casa, y no les invitaré a ninguna gala más. Que alguien invitado por mí para presentar un premio utilice ese tiempo para postular una creencia política persona, no sólo es ultrajante, sino deshonesto y de mal gusto".

La sensación de "agradece lo rico, guapo y famoso que eres y cállate" ha calado entre las estrellas durante décadas. Muchos prefieren seguir hablando de sí mismos que de la gente pobre. Nadie quiere ser el primero en quejarse, nadie quiere acaparar titulares por meter la cara en el fango. Las tensiones políticas generan momentos incómodos que pueden contaminar la marca de los Oscars como "la fiesta anual de la gente triunfadora". En 2003 Michael Moore subió a recoger su premio por el documental Bowling For Columbine, cuatro días después de la invasión de Estados Unidos en Irak. "Nos gustan las historias reales, nos gustan los documentales" [aplausos], "por eso no nos gustan las cosas ficticias" [menos aplausos], "no nos gustan las elecciones ficticias que designan a un presidente ficticio" [abucheos], "quien nos ha llevado a una guerra por razones ficticias" [más abucheos], "debería darte vergüenza, Bush" [corte de sonido]. Los abucheos provenían del público, pero también de las bambalinas. Los miembros del equipo responsable de la gala intentaron por todos los medios ensordecer el discurso de Moore, creando quizá el instante más desagradable de la Historia de los premios. En dura competencia, eso sí, con el Oscar honorífico a Elia Kazan.

Aquel reconocimiento a toda la trayectoria del director puso de manifiesto lo ajena que está la Academia de Hollywood a las cuestiones políticas. Tanto, que pensaron que concederle un Oscar honorífico al más emblemático "chivato" de la caza de brujas no tendría consecuencias. Kazan fue de los pocos que, para librarse de la persecución anticomunista del senador McCarthy, dio nombres de otros profesionales. Diez, para ser exactos. Esas personas fueron convocadas y, si se negaban a cooperar, serían incluidos en una infame lista negra que les impediría trabajar durante el resto de su vida. Y además, Kazan ya tenía dos Oscars (por La ley del silencio y La barrera invisible), además de tres nominaciones (por Al este del Edén, América América y Un tranvía llamado deseo), no es como si los Oscars tuvieran una inmensa deuda con él. Mientras subía a por su premio, entregado por Martin Scorsese y Robert De Niro peinado como un monaguillo, la cámara buscaba desesperadamente estrellas que sí estuvieran aplaudiendo. Como curiosidad, vamos a dividirles en tres grupos:

Aplaudiendo y en pie: Warren Beatty (con quien trabajó en Esplendor en la hierba), Kathy Bates, Kurt Russell, Meryl Streep (con cara de pena), Lynn Redgrave (sí, la hermana de Vanessa), Helen Hunt.

Aplaudiendo sentados: Steven Spielberg, Laura Dern, Jim Carrey, Patrick Stewart, Brendan Fraser.

No aplaudiendo en absoluto: Ed Harris, Nick Nolte.

El recibimiento a Eliza Kazan es el Oscar honorífico más desangelado jamás vivido por Hollywood. La incomodidad colectiva quedó especialmente representada por la cara de la mujer de Ed Harris, que convertía a Michael Moore en Roberto Benigni. Desde entonces, los brotes de reivindicaciones políticas han sido escasos y prudentes: nadie dice nada a menos que tenga la certeza de que está en el único bando correcto y por correcto, entendemos, amparado sin fisuras por todos los presentes. El guionista de MilkDustin Lance-Black aseguró que si Harvey Milk siguiera vivo le diría a todos los jóvenes LGTB que la igualdad de derechos estaba más cerca que nunca. Lance-Black no sólo se autoerigió portavoz postmortem del político, sino que incluyó pausas dramáticas en su discurso para que le aplaudieran.

Este año nadie bajará el sonido de los discursos con tintes sociales. Es posible incluso que la Academia genere sus propios gifs en Twitter segundos después de que la estrella haya expresado sus ideales. El mundo siempre ha tenido problemas, pero solo ahora está de moda que Hollywood le preste atención. Sea por el motivo que sea, este compromiso es una buena noticia. Hará que muchos espectadores, entumecidos en el sofá de madrugada en el caso de los europeos, se replanteen su forma de ver el mundo por el simple hecho de que Meryl Streep les ha animado a hacerlo. ¿Y cómo afectará eso a los premios? Se especula que la imposibilidad del director iraní Asghar Fahardi de entrar en Estados Unidos, que la Academia definió con un homeopático "extremadamente problemática", podría desencadenar en una victoria para su película El viajante a modo de protesta. Al fin y al cabo, casi nadie ve las nominadas a película extranjera. La directora de (la hasta ahora favorita en la categoría) Toni Erdmann no debe de estar dando ningún tipo de crédito a este fenómeno.

Si El viajante gana, los votantes ya pueden volver a sus mansiones con la conciencia tranquila y darle el gran premio a La La Land, la ganadora menos política desde The Artist hace cinco años. Ante la oscuridad, el musical de Damien Chazelle funciona como un faro de alegría y faldas plisadas, y su espectacular éxito comercial demuestra que el público ha optado por la evasión. La alternativa sería premiar Moonlight, la historia de un negro homosexual que pertenece a demasiadas minorías a la vez como para despertar la empatía de los académicos, o Figuras ocultas, que está aparcada a medio camino: es histórica, política, reivindicativa pero a la vez extremadamente amable con lo que cuenta. En cierto modo, la ganadora será lo de menos. Todo apunta a que el lunes 27 nos despertaremos hablando de Trump, del cierre de las fronteras a siete países musulmanes y de la igualdad entre hombres, mujeres, blancos, negros y viceversa. Y como anécdota, mencionaremos a un par de ganadores y a la mejor vestida de la noche. El premio a mejor montaje que entregaron Susan Sarandon y Tim Robbins, por cierto, fue para Sin perdón. Pero nadie escribe sobre eso hoy.

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