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Andrés, el príncipe de los escándalos que siempre estaba "cachondo"

logotipo de El Mundo El Mundo 30/11/2019 EDUARDO ÁLVAREZ
El príncipe Andrés de fiesta en Saint Tropez. © LAGENCIA GROSBY El príncipe Andrés de fiesta en Saint Tropez.

Cuando sus camaradas del ejército empezaron a extender al tercer hijo de la reina de Inglaterra el mote de Andresito el cachondo, nadie podía imaginar que con el tiempo se vería envuelto en un gigantesco escándalo sexual que le obligaría a renunciar a sus funciones como miembro de la familia real británica.

Corrían los años 80. Nadie cuestionaba entonces a los Windsor -no había estallado el huracán Diana- y Andrés era un príncipe que causaba admiración, sobre todo por su decisión de participar en 1982 en la guerra de las Malvinas, lo que le devolvió a Buckingham convertido en un héroe militar. La prensa le presentaba también como un playboy, pero eso incluso reforzaba su aura. Qué poco tardaría sin embargo el ojito derecho de Isabel II en confirmar su fatal atracción por los escándalos, en mantener una vida disoluta siempre al filo del precipicio. Se sentía impune por ser quien era y contaba como red con la protección incondicional de su madre.

Hasta hoy. El duque de York, en el epicentro de la tormenta perfecta, ha visto cómo la opinión pública se ensaña con él por su implicación en el caso Epstein y ha caído definitivamente en desgracia. Su hermano, Carlos, futuro rey, ha cortado inmisericorde su cabeza, consciente de la necesidad de aplicar con urgencia un cordón sanitario que preserve al núcleo duro de La Firma, como se conoce a la familia real.

Andrés en Saint Tropez. © LAGENCIA GROSBY Andrés en Saint Tropez.

Las fotos que escandalizan a los británicos en las que se ve al príncipe Andrés paseando junto a su amigo el empresario pederasta Jeffrey Epstein -quien se suicidó el pasado verano- o agarrando de la cintura a Virginia Roberts, una de las mujeres que sostienen que el financiero la explotó sexualmente cuando era menor de edad, ya se publicaron en los tabloides en 2010, poco después de que Epstein se hubiera declarado culpable de prostitución de menores ante la Justicia de Florida. Entonces, como tantas otras veces, el duque de York capeó el temporal. Sin embargo, tras la muerte de Epstein no han cesado de salir féminas, como Virginia Giuffre, que acusan al príncipe de haber participado en las orgías de su amigo. Y, además, otras imágenes como las que le muestran entrando en la mansión del magnate, han demostrado que el hijo de la reina mintió porque nunca rompió su relación con el depredador sexual a pesar de su condena a 13 meses de prisión en 2008.

A la desesperada, el príncipe Andrés decidió dar una entrevista a la BBC para intentar acabar con los rumores; su plan era tan audaz como arriesgado. Y, al final, se puso así la soga al cuello porque se demostró incapaz despejar las sombras de sospecha y de aclarar los asuntos escabrosos que le salpican.

El primer escándalo de Andrés de Inglaterra se produjo por su noviazgo con la actriz Koo Stark. La conoció en una cita a ciegas en 1981, poco antes de la guerra de las Malvinas, y mantuvieron una relación de casi año y medio. El príncipe estuvo más que dispuesto a casarse con ella y biógrafos de los Windsor aseguran que Isabel II hubiera dado su brazo a torcer. Aunque todo se arruinó cuando se publicaron fotos de Stark en topless que indignaron a Palacio. Por si fuera poco, la reina tuvo que ver cómo su posible nuera había rodado una película con escenas lésbicas más que subidas de tono. Hasta ahí llegaron las tragaderas de Su Majestad. Lejanos estaban aún los tiempos en los que las Cortes se abrirían a princesas con tanto pasado como el de la noruega Mette-Marit.

En marzo de 1986 se anunció el enlace entre el príncipe Andrés y Sarah Ferguson. Se casaron en julio. Hasta el nacimiento de sus dos hijas, Eugenia y Beatriz, pareció un matrimonio muy bien avenido. Pero pronto comenzaron a conocerse las desavenencias y toda una sucesión de infidelidades mutuas. Fergie empezó a dejarse querer por hombres como el multimillonario Steve Wyatt. Y a su marido los tabloides le asignaban tantas amantes nuevas como camisas. Las fotografías en 1992, el mismo año en el que se anunció una separación temporal de los duques, del asesor financiero John Bryan succionando con fruición los dedos de los pies de Sarah en una hamaca causaron un terremoto en Buckingham, donde se vivía un interminable annus horribilis. La duquesa quedó sentenciada, en especial por parte del marido de la reina, Felipe de Edimburgo, quien nunca le ha perdonado su vulgaridad. Andrés y Sarah se vieron obligados a divorciarse en 1996.

Junto a Pascale Bourbeau en Saint-Tropez. © LAGENCIA GROSBY Junto a Pascale Bourbeau en Saint-Tropez.

Pero, a su manera, nunca se han dejado de querer. Han sido uña y carne todas estas décadas, demostrando una envidiable complicidad. Aunque nunca se ha confirmado oficialmente, Andrés y Sarah incluso habrían retomado su relación sentimental. Con idas y venidas, eso sí, porque quizá su éxito como pareja consista en ser una pareja abierta. Y, así, al príncipe se le han atribuido innumerables novietas, incluida la cantante Kylie Minogue.

A Sarah Ferguson nunca le han adornado la discreción y la prudencia. Y ni siquiera el divorcio evitó que siguiera poniendo en comprometedores bretes al padre de sus hijas. Uno de los mayores escándalos se produjo en 2010 cuando la duquesa fue grabada de forma ilegal y sometida a un montaje que, sin embargo, destapó su disposición a aceptar el soborno de un supuesto empresario indio que le ofrecía la suculenta cantidad de 575.000 euros a cambio de que la duquesa le pusiera en contacto con su ex marido. Sobre aquello se pasó un conveniente velo. Pero engordaron las sospechas sobre los tejemanejes empresariales del duque de York.

Porque precisamente en el terreno económico es donde Andrés ha protagonizado sus mayores desmanes. En 2001, poco después de su retirada de la Marina Real, rechazó el ofrecimiento de su hermano Carlos para convertirse en su más estrecho asesor. Tenía Andrés más altas ambiciones. Y le vino como un guante la petición del Parlamento para convertirse en representante especial para el Comercio e Inversión, con el objetivo de defender los intereses empresariales del Reino Unido en el exterior.

Los viajes y los escándalos se sucedieron. Las peligrosas amistades que forjó con varios dictadores y figuras como Saif Gadafi, hijo del tirano libio Muamar Gadafi, comprometieron la obligada neutralidad de la Corona. Y, fruto de la relación que entabló con la oligarquía de Kazajistán, Andrés dio un sonado pelotazo cuando en 2007 vendió la lujosa mansión en la que había vivido el matrimonio York, en Berkshire, por unos 17 millones de euros, cuatro por encima del valor real. El comprador fue el empresario Timar Kulibayev, yerno del dictador kazajo Nursultan Nazarbaiev. Años después la prensa destaparía que el duque también había ganado unos tres millones como mediador entre las autoridades de Astaná e inversores suizos y griegos.

Lo de menos ya era la fama de Andresito como un cachondo; lo de más, que siempre estaba envuelto en polémicas que apuntaban a una total falta de ética al usar su título para un enriquecimiento personal ante el que las autoridades británicas preferían hacerse las suecas.

Pero tras su implicación en el escándalo Epstein en 2010, con la publicación de las fotos antes mencionadas, ni el Gobierno ni Westminster pudieron seguir haciendo la vista gorda y en 2011 retiraron al duque el cargo de embajador comercial que tantos beneficios le reportaba.

En la era Metoo y con una creciente sensibilidad social hacia los abusos sexuales, el príncipe no ha podido superar la condena que le han impuesto los ciudadanos británicos por haber mantenido su amistad con un depredador como Epstein. Y quedan muchos escabrosos episodios por escribirse, porque los abogados de varias de las víctimas del empresario reclaman a los tribunales de EEUU que citen al duque. En Londres ya ha comenzado el debate jurídico sobre hasta qué punto Andrés gozaría de inmunidad en caso de ser acusado de algo.

Esta vez Isabel II no ha podido evitar la caída de su hijo favorito. Ha tenido que plegarse a la exigencia del príncipe de Gales para que Andrés abandone todas sus funciones. Y es que está en juego el futuro de la Corona. Nada nuevo bajo el sol. Como se refleja en The Crown, la galardonada serie sobre la Monarquía, en todas las familias reales ha habido siempre garbanzos disolutos a los que otros miembros deben ponerles freno. Puro instinto de supervivencia.

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(Fuente: El País)

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