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Llegó la hora

logotipo de El Espectador El Espectador 16/09/2020 Pablo Felipe Robledo
El Espectador © Proporcionado por El Espectador El Espectador

George Floyd fue asesinado en Estados Unidos por cuenta de la barbaridad policial. Un agente le puso una rodilla en su cuello y lo asfixió, al tiempo que otros tres no hicieron nada para evitarlo.

Javier Ordóñez, abogado y taxista, padre de dos hijos, fue también asesinado por un agente de policía no solo “a punta de taser” en la calle sino también a “punta de garrote” en un CAI de Bogotá. Otros policías no hicieron nada para evitarlo, incluso ayudaron.

Estos son dos asesinatos entre muchos otros alrededor del mundo por cuenta de la barbaridad policial y que invitan no solo a la protesta generalizada sino a propuestas para reformar los entes policiales.

Nadie tiene dudas acerca de que, tanto allá como acá, estos asesinatos son fruto de la brutalidad policial, que los responsables deben ir a la cárcel y que las instituciones policiales y sus gobiernos deben pedir sincero perdón.

Por estos lamentables asesinatos y la respuesta de fuego indiscriminado por parte de algunos policías al repeler las protestas, hemos salido todos a pasarle la factura a la Policía y al Gobierno, por su reacción torpe y tardía.

Hay que reformar la Policía: necesitamos un cuerpo que en teoría y práctica sea más civil que militar, sacarlo del Ministerio de Defensa y que acate las órdenes de los alcaldes.

Sin duda hay que ir en ese rumbo. Pero también deben resolverse otros asuntos para que en realidad tengamos la policía que necesitamos para enfrentar la delincuencia. A nuestra policía le corresponde combatir a más criminales que a cualquier otra policía del mundo: narcotráfico, paramilitarismo, redes guerrilleras, tráfico de armas y otros delitos igual de complejos, pues en materia de criminalidad Dios se ensañó contra nosotros.

Debe hacerse una reforma pensando también en la cantidad de policías, la calidad de los mismos y los medios con que deben contar.

Aquí hay muchos menos policías que en otros países del mundo con menor criminalidad. Colombia tiene 320 policías por cada 100.000 habitantes y está muy por debajo de Portugal (451), Italia (453), Croacia (490) o Grecia (492). La situación en Bogotá es aún más grave (240), comparada con Boston (404), Coral Gables (438), Filadelfia (461), Nueva York (589) y Washington (667).

Importante entonces tener en cuenta que una reforma a la Policía debe también empezar por darle a esa fuerza civil el número de agentes que requiere —independientemente de su dependencia— para combatir la criminalidad. Hoy tenemos un dramático déficit de agentes no inferior al 40 %. Hoy tenemos 160.000 policías y necesitamos mínimo 65.000 más.

También se hace necesario mejorar la calidad de nuestros agentes. Más preparados, más educados, mejor entrenados, con más empatía, con mejor trato y con mejor remuneración. El talento humano es vital, y si no, miren cómo las “manzanas podridas”, muchas o pocas —eso es parte de la discusión—, son las que acaban con el prestigio de las instituciones.

Además, debemos considerar los medios con que debe contar la Policía y la determinación de quién debe proveerlos, pues es angustioso ver cómo la Policía debe mendigar recursos de los presupuestos municipales, al igual que lo es que los alcaldes, ante la escasez, no puedan contribuir en forma adecuada al funcionamiento de la policía en sus municipios. Así es muy difícil: los unos limosnean y los otros tacañean.

En resumen, la Policía sí debe reformarse, pero el tema no es de simple maquillaje como lo han sido varias de nuestras más cacareadas reformas. El tema es estructural, y no pueden olvidarse estos aspectos: cantidad de agentes, calidad de los mismos y los medios con que deben contar.

Y, sí, llegó la hora.

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