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Quisimos tanto a Google

logotipo de El Espectador El Espectador 25/10/2020 Héctor Abad Faciolince
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Cuando alguien me sugirió que usara Google, a principios de este siglo, yo todavía hacía mis búsquedas por internet a través de una página que se llamaba Altavista, un lentosaurio ciego que muy raras veces me llevaba a donde quería. Al buscar por primera vez algo por Google, la sensación que tuve fue de mirada atónita, en una especie de epifanía. Era como si, ante los ojos, se estuviera revelando y desplegando un nuevo mundo. Recuerdo que busqué en mi viejo diccionario la palabra “google”, sin éxito. Estaba “goggle”, sí, que era mirar con ojos que, de asombro, se salen de sus órbitas, y “goggles” que eran los tapaojos o las gafitas para nadar, pero google no existía todavía en los diccionarios, y menos googlear y los otros derivados.

En 2005 (puedo ver la fecha exacta: el 17 de febrero de 2005) escribí mi primera carta desde Gmail, y abandoné de inmediato el Hotmail, el Outlook, el Yahoo y todos esos otros lentosaurios esperpénticos para el correo electrónico. Para ir al primero de todos mis correos en Gmail me demoro un segundo, y veo que en estos 15 años he enviado 45.332 mails y recibido más de 47.000. No borro casi nada. A veces siento que Gmail es la memoria que no tengo: están las cartas de mis amigos muertos; están las cartas de una novia o una esposa que ya no tengo; están los libros que he escrito, las fotos que he mandado, los piropos, los insultos, los viajes… Hay cientos de nombres y de rostros que he olvidado, pero que en 2007 trataba todavía familiarmente.

Google, sin embargo, Google el buscador, para mi gusto, aunque ha mejorado en muchos aspectos, se ha ido degenerando también, sobre todo cuando uno busca, digámoslo así, una cosa. Cuando uno busca una cosa (silla, nevera, camisa, mesa, planta, gafas, zapatos), Google ya no se ocupa de esas cosas en su esencia, sino que intenta vendérnoslas. Antes de llegar a las cosas en sí, llegamos a una selva de links que empiezan con la palabra Ad en negrillas. Esas Ad, ustedes saben, son “advertisement”, es decir, publicidad, sitios promocionados para vender la cosa que buscamos. Y sí, es posible que uno busque algo para comprarlo, pero también se da el caso de que uno busque cosas por curiosidad intelectual. Hay un botón (a veces se me esconde) para buscar las cosas en sí, y no el producto comercial; un botón que parecía saltarse los avisos e ir a la cosa. Es el botón “me siento con suerte” (I’m feeling lucky). Pero si busco “nevera” así, ya no me lleva a su evolución, su inventor, sus formas, sino que me lleva a Alkosto y sus promociones. Me alegro por la familia Mejía, claro, que además habrá pagado para estar en el primer lugar de Google para neveras en Colombia, pero no era ahí donde yo quería llegar.

Esa lista inicial de puros avisos publicitarios, esas ganas demasiado explícitas de que hagamos clic en el sitio que va a representar una fracción de dólar más para Google, hace que uno vaya perdiendo el agrado por esa G mayúscula. Sin hablar del uso que hace de las rutinas de todos nosotros, para transformarlo en información que puede ser vendida y convertida, otra vez, en riqueza para ellos. Por eso a veces cometo la infidelidad de irme con otras: Search Encrypte, DuckDuckGo, por ejemplo, que prometen no memorizar todo lo que busco con mis dedos en el teclado.

Sigo admirando mucho esa empresa nacida de la alianza de dos mentes brillantes, Larry Page y Sergey Brin. Google Earth es asombrosa cuando me muestra la calle donde viven mis amigos en Sri-Lanka o en Tokio. Google Translate me permite leer las reseñas que han escrito en árabe o en griego de algunos de mis libros. Me permite, incluso, chatear en alemán con una persona de la Feria de Frankfurt que no habla español. Esas maravillas, inconcebibles cuando fui a la universidad, me siguen produciendo el efecto de ojos que goggle, es decir, que se salen de sus órbitas. Pero si el buscador sigue su deriva dirigida siempre hacia el comercio, creo que perderá mi afecto y simpatía.

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