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Un mal sueño para una buena idea

Logotipo de La Vanguardia La Vanguardia hace 3 días Santiago Segurola
Una aficionada se hace una fotografía en la Piazza del Popolo de Roma, ciudad en la que hoy arranca la Eurocopa © GUGLIELMO MANGIAPANE / Reuters Una aficionada se hace una fotografía en la Piazza del Popolo de Roma, ciudad en la que hoy arranca la Eurocopa

El fútbol se asoma a un territorio desconocido en la Eurocopa, suspendida en el 2020 por el sopapo de la pandemia y actualizada este año en unas condiciones todavía inestables. Después de las competiciones de clubs, esta edición se erige en el primer gran torneo de selecciones nacionales, agrupadas en un formato de gran escala (24 equipos), con una magnitud geográfica desconocida –11 ciudades, desde Bakú en Azerbaiyán hasta Sevilla en España–, circunstancia que añade dificultades organizativas de primer orden.

Europa se enfrenta todavía a una desproporción en la respuesta sanitaria a la pandemia, tanto por el porcentaje de vacunación, como por el grado de incidencia del coronavirus y las medidas legales en el tráfico entre fronteras y asistencia a los estadios. El fútbol está garantizado, pero no sus condiciones. El caso Busquets, que ha exigido movilizar a 17 nuevos jugadores por el temor a un masivo efecto contagio en la selección española, define la inestable atmósfera que presidirá la Eurocopa.

Como sucede con los Juegos Olímpicos de Tokio, el empeño en celebrar la Eurocopa se debe a algo más que el voluntarismo. Está en juego un reguero de millones, del que la UEFA no está dispuesto a prescindir. Se impone el pragmatismo asociado a los contratos televisivos, patrocinadores, entradas a los estadios y marketing en general, pastel económico que empuja a un esfuerzo insospechado hace un año y medio. La Eurocopa se diseñó como una celebración paneuropea, en un momento de tensiones y dificultades, concretadas en el Brexit del Reino Unido. Aunque la idea resultaba atractiva, no faltaron críticas a un plan que colocaba a los aficionados en una situación novedosa y difícil. Nunca se había organizado una competición con distancias tan largas y tantos países.

La pandemia ha acentuado los problemas hasta un grado que esta Eurocopa ha adquirido un aire psicodélico, como si lo presidiera el agitado sueño que produce el ácido. Su celebración afrontará desafíos complejos que hasta cierto punto medirán la calidad de la respuesta por parte de la UEFA y de las distintas administraciones nacionales. Esta Eurocopa no podrá evitar su carácter de laboratorio en unas condiciones sanitarias aún preocupantes.

Las extrañas percepciones también llegan al fútbol. Favoritos de toda la vida, como Alemania y España, han destacado por su irregularidad en el último año. No asoma ningún aspirante de nuevo cuño. Por lo tanto, las apuestas reclaman a la selección francesa, campeona del Mundo en el 2018, y a Portugal, vencedora en la Eurocopa 2016 y en la Liga de las Naciones 2018. A los dos equipos les sobran buenos futbolistas en todas las posiciones. Inglaterra, que nunca ha ganado la Eurocopa, se enfrenta a un momento interesante: no se le recuerda una mejor generación –su grupo de jóvenes estrellas no admite comparación en Europa–, pero es una selección con una querencia indisimulada por el fracaso. A un año del Mundial de Qatar, Inglaterra tiene una espléndida oportunidad de confirmar su potencial. O al contrario, un revés devolvería a los ingleses a su pertinaz frustración.

España ha dejado sus éxitos tan lejos que necesita recuperarse de nueve años de grandes fracasos (Mundial 2014, Eurocopa 2016 y Mundial 2018). Luis Enrique ha agitado el equipo con decisiones desacomplejadas. Junto a futbolistas de la generación dorada han aparecido juveniles con escasa experiencia, pero con un margen elevado de progresión. Es un equipo en construcción, obligado a encontrar nuevos referentes. Sin Sergio Ramos España ingresa en el torneo con un equipo joven, atractivo, sin estrellas de talla mundial, inclinado a la irregularidad. Pasa de la brillantez a las concesiones con demasiada frecuencia. Si solo es un problema de juventud, la Euro­copa le vendrá de perlas para madurar.

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