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Deportistas en la zona cero del coronavirus

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 01/04/2020 Lorenzo Calonge
Iragartze Fernández, enfermera en un centro de salud de Bilbao y linier de la Liga femenina. © EL PAÍS Iragartze Fernández, enfermera en un centro de salud de Bilbao y linier de la Liga femenina.

Miles de personas batallan cada minuto en España para contener el coronavirus. Entre todos, también un puñado de deportistas. Gente con otros trabajos que les han colocado en las últimas semanas en la zona cero de una pandemia mortal. Estas son las historias de cinco de ellos.

Míriam Rodríguez, ‘Miri’ (31 años, enfermera y portera de fútbol sala). “Espero no volver a vivir nada parecido”

Míriam Rodríguez lleva dos semanas en el ojo del huracán de la pandemia: trabaja de enfermera en el hospital de Fuenlabrada, al sur de Madrid. “Espero no volver a pasar por nada parecido”, confiesa sin que su voz revele la dureza del día a día. “En mi zona, la mayoría de pacientes son de mediana edad y, según lo que te toque, llegas a casa hecha polvo, con ansiedad, pensando en qué veré la próxima vez que vaya”. Fuera de la sanidad, ella es Miri, portera de fútbol sala del Móstoles, de la máxima categoría. Desde que explotó esta crisis, reconoce que entrena lo que puede, que a veces no es mucho. “Hay días que acabo tan cansada, física y mentalmente, que no me apetece. Estamos viviendo situaciones límite”.

Miri, enfermera en el hospital de Fuenlabrada, hace unos días. © EL PAÍS Miri, enfermera en el hospital de Fuenlabrada, hace unos días.

Antes del coronavirus estaba en Medicina Interna. Ahora no hay apenas una esquina del centro que no esté dedicada al Covid-19. “El otro día empezaron a montar en el aparcamiento un pequeño hospital de campaña. Han habilitado también el gimnasio y las urgencias de ginecología las han transformado en camas de UCI. Si por planta solemos tener hasta 35 enfermos, ahora hay unos 40. La situación es casi crítica”, relata. E igual que en otros centros de la comunidad, no se han librado de la escasez de material. “Vamos reciclando y sobreviviendo. Las mejores mascarillas las usamos varios días alternándolas con otras y con las batas vamos tirando. Nos ponemos las de papel y encima un mandil, que tapa un poco más y es impermeable”, cuenta resignada.

Iragartze Fernández (26 años, enfermera y linier). “Esto se hace más cuesta arriba que trabajar en Oncología”

“Estuve tres años en Oncología y Hematología de un hospital, pero esta situación global se hace más cuesta arriba para nosotras”, explica Iragartze Fernández, enfermera desde hace 14 meses en un centro de salud de Bilbao y linier en cuarentena de la Liga femenina y de la Tercera División. “Sobre el terreno, sí es peor estar en Oncología, sin embargo, nuestro trabajo conlleva un castigo psicológico importante y necesitamos una vía de escape que ahora no tenemos. Después de una jornada de estrés, no podemos quedar a tomar algo”, se lamenta. Una de sus pocas evasiones son los cinco minutos de sacar al perro. “Me ayudan a respirar después de tanto tiempo con la mascarilla, que parece que te falta el aire”.

Esta juez de línea de 26 años de Getxo, con un lustro en el arbitraje, se encuentra en la primera línea del coronavirus. Es una de las sanitarias encargadas de atender en “la zona sucia”, como se conoce, a los posibles infectados. Les toma las constantes y decide si pasan a consulta médica o se marchan a sus domicilios para hacerles seguimiento telefónico. “Nosotros lo estamos viviendo con mucho miedo. El virus es muy contagioso, en ocasiones nos falta material y el ambiente de trabajo es raro. Existe un clima de desconfianza entre el personal sanitario y también de los pacientes. La gente lo va entendiendo, pero a veces no se creen cuando les decimos que se queden en casa estando enfermos, se sienten desprotegidos. Un cristo de la leche”, remata. “Cada día tenemos un protocolo nuevo. Lo que hacía ayer, ha cambiado o es insuficiente”. El País Vasco es una de las regiones más afectadas y su habitual media jornada laboral se ha ampliado a completa, y subiendo. “Ya nos empiezan a decir que tendremos que ir sábados y domingos”, apunta.

Laura Palacio, tras ganar el oro europeo en kumite +68kg hace un año. © EL PAÍS Laura Palacio, tras ganar el oro europeo en kumite +68kg hace un año.

Laura Palacio (33 años, policía nacional y karateca). Del tatami a la calle

La karateka Laura Palacio es triple medallista europea y mundial en la modalidad de kumite. Y también policía nacional hace nueve años. Sus mandos en la comisaría provincial de Santa Cruz de Tenerife pensaron en un departamento sin riesgos físicos, para evitar lesiones, y la destinaron a Participación Ciudadana. Allí da charlas, acude a colegios y visita centros de mayores. Ahora todo eso ha quedado aparcado hasta que la Covid-19 diga y ha vuelto a patrullar por las calles. “Hay que arrimar el hombro y dar el callo”, dice.

El giro en el último mes en la vida de esta madrileña de 33 años ha sido radical. De prepararse para lograr plaza en el preolímpico a vigilar que nadie se salte el confinamiento. “Aquí la gente aún no es muy consciente de la situación. Por dar una vuelta, algunos salen todos los días a comprar, incluso en pareja. El otro día me encontré a una señora que bajaba a por cacahuetes y vi a una chica que se metía en un maletero”, narra sorprendida. Esta es su nueva rutina. “Siempre hemos sido los malos de la película. Al menos, la gente ya nos valora más”. Con el entrenamiento, hace hasta donde le alcanza. “No tengo tatami en casa y te escurres, pero como mi marido es mi preparador tratamos de mejorar otras cosas”.

Álex Sorribes, esta temporada con su equipo de rugby. © EL PAÍS Álex Sorribes, esta temporada con su equipo de rugby.

Álex Sorribes (28 años, médico residente y jugador de rugby). “De este virus solo sabía el nombre”

Si a Álex Sorribes, residente de tercer año en Medicina Familiar y jugador de rugby de Les Abelles, le hubieran preguntado hace tres meses qué era el coronavirus, poco habría respondido. “Lo único que sabíamos de la carrera era cómo se llamaba, que era un virus respiratorio y poco más. No entraba en los exámenes, no tenía importancia”, admite tras salir de una guardia de 17 horas en el hospital Doctor Peset de Valencia. “La sexta y última del mes”, advierte.

Los positivos de varios compañeros le han obligado a meter más horas y más días. “Al principio, las medidas de seguridad y los medios eran escasos. No siempre nos poníamos mascarilla y varios médicos fueron cayendo. Tampoco tenemos los trajes que ves en China. Hay algunos, pero no para todo el personal”, comenta con un verbo vivo pese a venir de casi un día entero seguido trabajando. Este medio melé y “jugador para todo” de 28 años alterna las guardias en el hospital con el centro de salud. Asegura que en su comunidad la situación todavía no se ha desbordado y que psicológicamente lo lleva bien. Casi lo que más le afecta es no poder jugar al rugby. “Esta temporada íbamos primeros para subir a División de Honor, no sé qué pasará”, comenta. En cuanto empezó la crisis se marchó de casa de sus padres para no perjudicarles porque son población de riesgo y se instaló con su hermano y su mujer, a los que también mantiene a distancia. “Incluso, como un poco separado de ellos”, señala.

La jugadora Estela Fernández, del Madrid CFF, esta temporada. © madrid cff La jugadora Estela Fernández, del Madrid CFF, esta temporada.

Estela Fernández (28 años, policía nacional y futbolista). Una agente en cuarentena

A mediados de la semana pasada, Estela Fernández, centrocampista del Madrid CFF, de la Primera femenina, entró en cuarentena. Un familiar había dado positivo. Hasta su obligado confinamiento, la crisis la había vivido en las oficinas de la comisaría de Parla, porque ella es policía nacional, un lugar que sirve para explicar la evolución de la pandemia. “Hace 15 días teníamos la sala de espera llena, con gente tosiendo. Se lo tomaban un poco a broma. A una chica la tuvimos que mandar a casa y que volviera cuando se encontrara bien”, explica. Ahora, solo en casos muy excepcionales se puede entrar. “A la gente le tomamos la denuncia desde dentro por teléfono, y se la sacamos para que la firme”. Incluso para los propios agentes que trabajan allí es un sitio radiactivo. “Usamos lo menos posible el baño, los vestuarios y todas las instalaciones”, detalla.

Formada en la cantera de su club actual, la jugadora madrileña de 28 años pasó también tres temporadas en el Rayo. En estos días, en su reclusión forzada, ha encontrado por fin uso para la bici, la elíptica y las gomas que un día se compró por hobby.

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