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20 años del funeral de Isabel Bowes-Lyon: un diamante maldito, el broche Kensington y un collar de las joyas de pasar

Logotipo de Vanity Fair Vanity Fair 09/04/2022 César Andrés Baciero

El sábado 30 de marzo de 2002 “la reina Isabel murió pacíficamente mientras dormía a las 3:15 de la tarde en el Royal Lodge de Windsor. La reina se encontraba junto  a la cama de su madre”, tal y como recogió el comunicado enviado por la oficina de prensa del Palacio de Buckingham. Isabel Bowes-Lyon tenía 101 años. Después de un breve descanso en la capilla real de Todos los Santos, en el gran parque de Windsor, los restos mortales de la reina madre de Reino Unido fueron conducidos, el 2 de abril, al hall del Parlamento de Westminster en Londres, donde fueron visitados por más de 200.000 personas y desde donde partieron, el 9 de abril a las 11:15 de la mañana, para presidir el funeral organizado en su honor en la abadía de Westminster. 

El ataúd que contenía el cuerpo sin vida de la menuda consorte de Jorge VI estaba abrigado por la bandera de su estandarte y adornado con un centro de rosas y camelias blancas con una escueta nota de su primogénita y la impresionante corona de la joyería Garrard que contiene el diamante Koh-i-Noor (Montaña de luz) en la cruz inferior central. Esta joya real de diseño convencional creada con 2.800 diamantes montados en platino, fue el regalo que la reina madre recibió de su marido, Bertie (los soberanos británicos tienen la opción de elegir su nombre durante su ascensión al trono), cuando fue coronado en 1937 tras la abdicación forzada de su hermano Eduardo VIII

Detalle del féretro de la reina madre el día de su funeral el 9 de abril de 2002. © Peter Jordan - PA Images/ Getty Images Detalle del féretro de la reina madre el día de su funeral el 9 de abril de 2002.

El Koh-i-Noor, original de la India, se mostró por primera vez al público en la Gran Exposición de 1851 celebrada en el Palacio de Cristal construido en Hyde Park (Londres). Un año después, el príncipe Alberto Sajonia-Coburgo-Gotha (amantísimo esposo de su prima la reina Victoria de Gran Bretaña e Irlanda y emperatriz de la India) encargó a Garrard que limpiase y tallase la gema después de que el respetable mostrase su decepción con esta pieza perfumada de incontables fábulas hindúes, mongoles, persas, afganas y un largo etcétera. El proceso de corte duró ocho semanas, fue supervisado por el duque de Wellington y obtuvo como fruto un fantástico brillante con un peso de 105,6 quilates.

La versión más extendida cuenta que la pieza fue un regalo de Estado que le hicieron a la reina en 1849. Sin embargo, una cláusula (presuntamente incluida a posteriori) del Tratado de Lahore con el que se oficializó la ocupación británica de la India desmiente esta creencia al detallar que “La gema llamada el Koh-i-Noor que fue recibida de shah Shuja-ul-Mulk por el maharajá Ranjit Singh deberá ser entregada por el maharajá de Lahore a la reina de Inglaterra”. La longeva soberana lo lució como broche

En 1911 el Montaña de luz fue engastado por la joyería londinense en la corona que la reina María Teck (abuela de Isabel II) estrenó cuando su marido, Jorge V, fue ungido como monarca. Cuenta la leyenda que el diamante Koh-i-Noor está maldito, ya que todos los hombres que lo han poseído o han perdido sus reinos o han caído en desgracia. Un texto hindú de principios del siglo XIV dice que “quien posea este diamante dominará el mundo, pero también conocerá todas sus desgracias. Sólo Dios, o una mujer, pueden llevarlo con impunidad”. 

Boceto de la corona de  Garrard de la reina madre con el diamante Koh-i-Noor. © Cortesía de Garrard. Boceto de la corona de  Garrard de la reina madre con el diamante Koh-i-Noor.

Supersticiosos o no, todos los herederos de la reina Victoria se lo han regalado a sus esposas. De acuerdo con todas las apuestas -a los británicos les priva envidar- la corona de Isabel Bowes-Lyon será la elegida por Camilla Parker Bowles para asistir, llegado el día, a la ceremonia en la que se convertirá en la reina consorte del nieto favorito de la reina madre, Carlos. De momento, el adorno se conserva en la Torre de Londres, junto con la corona imperial del Estado y la de San Eduardo y los cetros de los monarcas. 

La reina Isabel II acudió al adiós definitivo a su madre (aquella misma jornada fue enterrada en junto a su esposo en la capilla de San Jorge en Windsor) vestida con un sencillo abrigo negro con cuello redondo y un pequeño sombrero con plumas a juego. Sobre su uniforme de luto, destacaba el collar de perlas de tres hilos que su padre le regaló cuando cumplió 21 años y que es muy similar al que llevó en la coronación paterna en la que se convirtió automáticamente en princesa heredera. Encima de su corazón, la huérfana soberana se prendió el alfiler bautizado como Kensington. Un broche con dos filas de diamantes engastados en plata y oro que dibujan un lazo atado alrededor de un solitario. De la alhaja elaborada por Collingwood & Co en 1893 cuelga una perla barroca en forma de pera que se puede separar del núcleo.

La reina Isabel II de Reino Unido durante el funeral de su madre en 2002. © Tim Graham Picture Library/Getty Images. La reina Isabel II de Reino Unido durante el funeral de su madre en 2002.

El mismo año de su fabricación, los vecinos de Kensington le regalaron este broche a la princesa María de Teck con motivo de su  compromiso con Jorge de York, futuro Jorge V y hermano menor de su anterior prometido fallecido un par de años antes. La abuela de su graciosa majestad nació en 1867 en el Palacio de Kensington y pasó sus primeros años de vida entre sus muros. En 1911 la reina María, esa que aparece retratada en la primera temporada de The Crown como una anciana que no suelta el pitillo ni en el lecho real, eligió este alfiler para asistir a la coronación de su esposo. Aquella en la que también lució su corona con el diamante Koh-i-Noor. También había utilizado el Kensington en la proclamación como rey de su suegro, Eduardo VII. En 1953 la reina-abuela falleció y le legó la mayor parte de su joyero a su nieta-reina Isabel II, que desde entonces lo ha utilizado en numerosas ocasiones con y sin la perla suspendida. 

Al servicio oficiado por el arzobispo de Canterbury, George Carey, asistieron numerosos miembros de las familias reales, reinantes o no, de todo el mundo. Incluido el rey Juan Carlos I, poco aficionado a asistir a este tipo de encuentros. Entre las damas destacaron, por su elegancia, la princesa Carolina de Mónaco y consorte de Hannover con un abrigo de cuello mao, Sofía Rhys Jones, condesa de Wessex, con una chaqueta larga de corte similar a la de la Grimaldi pero con botones orientales y la reina Silvia de Suecia y la princesa de Kent con tocados pillbox. La reina Beatriz de los Países Bajos se mantuvo fiel a su estilo ochentero y la reina Margarita de Dinamarca tocó su solapa con el mismo alfiler en forma de corazón que eligió el pasado 29 de marzo para asistir al funeral del príncipe Felipe, esposo de la reina Isabel, fallecido en junio de 2021. Sin embargo, la invitada que más destacó por la elección de sus joyas fue la reina Sofía de España.

La reina Sofía en el funeral de Isabel Bowes-Lyon. © Benanious/ Lenhof/ Gamma-Rapho/ Getty Images La reina Sofía en el funeral de Isabel Bowes-Lyon.

La consorte emérita, oculta tras una libia redecilla bruna, desempolvó dos de las joyas más importantes y antiguas de su joyero: el collar de 37 perlas grandes de las joyas de pasar y un broche que recibió como regalo de bodas en 1962. El hilo de nácar perteneció a la infanta Luisa Carlota de Borbón-Dos Sicilias, hermana de la reina gobernadora María Cristina, quien se lo cedió a su hijo, Francisco de Asís de Borbón, para que se lo entregase a su prima y prometida, la reina Isabel II de España, en 1846 como “anillo” de compromiso. Estaba valorado en cinco millones de reales. En 1868, la soberana apodada por Galdós como La de los tristes destinos tuvo que correr a Francia tras el éxito de la Revolución de la Gloriosa. Una década después y con su hijo Alfonso XII en el trono de España, la soberana en el exilio organizó una subasta con importantes joyas, incluido este collar de perlas rematado con un cierre de brillantes, para poder hacer frente a los gastos ordinarios de su parisino Palacio de Castilla. 

Consciente de la importancia de esta pieza, Isabel escribió a su primogénita, la princesa de Asturias (a pesar de que entonces era el foco de sus críticas por haber aceptado volver a Madrid para ejercer de consorte fraternal) para que hiciese lo posible y lo imposible para que no saliese a la venta pública. “Hija del alma, el collar, pendientes, perlas de la boda de tu madre, que siempre llevó en las grandes fiestas y pertenecieron a la abuela, madre de tu padre, van a ser vendidos. No pudiendo yo recobrarlos y deseando no salgan de la familia, ruego los compres para ti o tu hermano lo hagáis para una de tus hermanas. Tasación: doscientos cuarenta mil francos”.

Se desconoce si fue la infanta y dos veces princesa heredera, Isabel o el rey Alfonso quien compró el collar de más de kilo y medio de peso, pero lo cierto es que la reina Isabel disfrutó de él hasta su muerte en 1904. Un año después, la pieza con la que fue retratada la última reina de España por Federico de Madrazo y Küntz en 1849, salió a subasta. Su nieto, Alfonso XIII, hizo la puja más alta, 185.000 francos, y en 1906 se lo entregó a su prometida, Victoria Eugenia de Battenberg.  

La primera propietaria del broche que eligió la consorte de origen griego para asistir al funeral de la reina madre de Reino Unido fue la citada infanta Isabel, bautizada por el castizo pueblo de Madrid como La Chata debido a la estructura de su nariz. A su muerte, acontecida pocos días después de la proclamación de la II República en 1931, fue heredado por su sobrino, Alfonso XIII, hijo póstumo de Alfonso XII. Este alfiler de forma ovalada está protagonizado por una gran perla central rodeada de dos marcos de diamantes. En el exterior, destacan cuatro perlas pequeñas. De esta pieza cuelga otra pieza que puede, con en el caso del broche Kensington, ser retirada. La Chata fue inmortalizada en su juventud con la alhaja por el pintor Alphonse Muraton. 

El rey Alfonso XIII se lo regaló a María de las Mercedes de Borbón y Orleans cuando contrajo matrimonio con su hijo y heredero, Alfonso de Borbón y Battenberg, en Roma en 1935. Los condes de Barcelona le legaron esta pieza a la princesa Sofía, primogénita de los reyes de Grecia, cuando se comprometió con su hijo Juan Carlos. 

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