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La de Juan Carlos y Sofía, la boda con la que la realeza despertó de un largo sueño de dificultades

Logotipo de Vanitatis Vanitatis 14/05/2022 Ricardo Mateos Sáinz de Medrano
A pesar de las seis décadas transcurridas, todavía hoy, 14 de mayo, resuenan los lejanos ecos de la boda de Atenas, la de don Juan Carlos y doña Sofía, que en su momento supuso todo un hito para la familia real española y fue un gran activo para lo que Laureano López Rodó denominó “la larga marcha hacia la monarquía”. Un acontecimiento que todavía hoy continúa generando interés y llenando páginas de foros de internet, porque remite a tiempos de un glamour hoy perdido ya que significó el final de un tiempo en momentos en los que los matrimonios desiguales comenzaban a menudear entre las monarquías aun reinantes.

La Casa Real española se enfrentaba a un futuro muy incierto; España era un reino sin monarquía, y el general Franco orillaba al 'pretendiente', don Juan de Borbón, que tenía claro que la boda de su hijo Juanito, el Príncipe de Asturias, iba a ser tratada como un asunto estrictamente de familia dejando al margen al dictador. Todo ello sobre el marco de fondo de una monarquía por entonces en ejercicio, la griega, que echó los restos en tres días de celebraciones, tanto jubilosas y familiares como revestidas de una gran formalidad, para dotar del boato necesario el matrimonio del legítimo heredero de la dinastía española con la hija primogénita de los reyes Pablo y Federica de Grecia.

Sofía, el día de su boda, en mayo de 1962 en Atenas. (CP) © Proporcionado por Vanitatis Sofía, el día de su boda, en mayo de 1962 en Atenas. (CP) Sofía, el día de su boda, en mayo de 1962 en Atenas. (CP)

A ese efecto, desde Estoril, residencia de los condes de Barcelona en el exilio; Lausana, lugar en el que vivía la reina Victoria Eugenia, y Atenas, donde la reina Federica estaba dispuesta a que la boda fuese “preciosa y fastuosa”, se fueron urdiendo los hilos de aquella gran puesta en escena. Tres días de celebraciones jubilosas que muchos de los invitados aún recuerdan con nostalgia, que contribuyeron a relanzar la imagen de Grecia como destino turístico, y que posibilitaron dar amplia visibilidad tanto a don Juan Carlos como a la Casa Real de España ante el mundo por la gran cobertura que tan gran acontecimiento recibió en la prensa internacional. Los Príncipes se habían conocido en el crucero Agamenón organizado por los reyes de Grecia en 1954 y, posteriormente, habían coincidido en Corfú, lugar de veraneo de la familia real griega, y en las bodas del conde de Clermont en Francia y del príncipe Antonio de las Dos Sicilias en Alemania. Poco después las Olimpiadas de Roma de 1960 afianzaron lo que ya parecía vislumbrarse como un noviazgo, que quedó más formalizado con ocasión de la boda del duque de Kent en la catedral de York en 1961.

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Las negociaciones fueron complejas y no carecieron de dificultades que hubo que salvar a causa de la diferente confesión religiosa de los novios, pero se llegó a un pacto tácito y necesario para conseguir mantener al dictador español fuera de aquellos negocios porque se juzgó importante dejarle claro que su opinión ni contaba ni era esperada. El asunto era un affaire de familia, y como tal se iba a tratar informándose al general Franco ya tardíamente de unos hechos consumados y bendecidos. Con ello don Juan de Borbón se desmarcaba, una vez más, del parecer del régimen español manifestando su independencia en las cuestiones dinásticas, su libertad de criterio y su visión política democrática para España. Además, don Juan Carlos se casaba con la hija de un soberano reinante y ello era una contribución notable al proyecto de darle a conocer ante los españoles, de reverdecer el interés por la dinastía dentro y fuera de España, y de levantar el ánimo y la pasión de los monárquicos que, muy entregados y ahora fortalecidos frente al régimen de El Pardo, acudieron en masa a Atenas donde durante varios días se mantuvo abierta una oficina de información en el hotel Grande Bretagne.

A tal fin, la Comisión Boda del Príncipe contrató aviones, barcos y hoteles y durante varios días se publicó el 'Diario Español de Atenas' para las miles de personas que se desplazaron hasta allí. Un todo orquestado por los monárquicos españoles afines de don Juan de Borbón, quien, como jefe de su Casa, quiso acaparar para sí todo el protagonismo y que fue quien llevó adelante los tratos con la Santa Sede para conseguir el permiso del papa Juan XXIII para una doble boda católica y ortodoxa. Mientras, desde el palacio de El Pardo, el general, que regaló a la princesa una diadema de flores en diamantes, fue testigo mudo de aquellos aconteceres a los que, sin embargo, dio su no pedida aquiescencia enviando a Atenas tanto a su ministro de Marina, el almirante Abárzuza, como a un embajador especial en la persona de Juan Ignacio Luca de Tena.

La dinastía se separaba del régimen, actuaba con mano propia, y dejaba claro ante el mundo que, frente a otros posibles pretendientes a la Corona de España (Alfonso de Borbón Dampierre o Carlos Hugo de Borbón-Parma), no había heredero más legítimo de la Casa Real de España con don Juan Carlos, ahora bendecido por el arropo y la presencia de sus regios primos reinantes, que no quisieron dejar de acudir a Atenas. Sin olvidar que, con la incuestionable doña Sofía, los Borbones de España enlazaban con un trono en pie, volvían a emparentar con las monarquías escandinavas y con los Windsor de Gran Bretaña y dignificaban su imagen pública dentro y fuera de España.

Aún no habían transcurrido veinte años desde el final de la Segunda Guerra Mundial, la realeza de entonces despertaba de un largo sueño de dificultades de toda suerte, y aquellos días en la capital de la Grecia clásica se congregaron, de forma excepcional y en alegre zarabanda, soberanos reinantes y toda una multiplicidad de príncipes tronados y destronados, realeza rica y empobrecida, y príncipes luteranos, griegos ortodoxos y católicos en una armónica danza que muchos de los allí presentes aún recuerdan con delectación. Una epifanía adecuada para la que podemos denominar como última gran boda regia del siglo XX, ya que congregó a todos los royals sin diferencia de destino o de fortuna pues en aquellos días las reinas de Holanda y de Dinamarca, el rey de Noruega y los príncipes de Mónaco (ella deslumbrante) se codearon con la religiosa condesa Zamoyski; Lord Louis Mountbatten de Birmania dio el brazo a las hijas de Alfonso XIII en la gran cena de gala; dos príncipes herederos alimentaron la comidilla de la prensa internacional, y hasta la princesa Irene de Holanda, luego enemiga política desde las filas del carlismo militante, llevó la cola del traje de novia de doña Sofía.

 Los Reyes eméritos, en su boda en 1962. (Getty) © Proporcionado por Vanitatis Los Reyes eméritos, en su boda en 1962. (Getty) Los Reyes eméritos, en su boda en 1962. (Getty)

La boda de Atenas fue el canto del cisne de una realeza en decadencia y en proceso de hibridación, y fue aprovechada por don Juan de Borbón para enfatizar, aún más, su atávico espíritu democrático, su desencuentro con Franco y su anhelo de restauración de una monarquía para todos los españoles, para el que no dudó en solicitar el apoyo de la gran potencia mundial, los Estados Unidos, para sacar adelante una restauración que ofreciese “a España toda la continuidad que el país necesita para evitar el caos”. Un rito de pasaje que, siete años después, eclosionaría en la nominación de don Juan Carlos como Príncipe de España y futuro sucesor a título de Rey y que, a partir de 1977, daría su fruto en la transición política hacia una democracia plena.

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