Estás usando una versión más antigua del explorador. Usa una versión compatible para obtener la mejor experiencia en MSN.

Corinna Larsen a su abogado: “Necesito evadir responsabilidades antes de que esto se ensucie”

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 12/12/2021 José María Irujo Amatria
Juan Carlos I y Corinna Larsen se saludan en Barcelona en 2006. © SCHROEWIG/Maelsa (GTRES) Juan Carlos I y Corinna Larsen se saludan en Barcelona en 2006.

Corinna Larsen ha sido durante los últimos años testigo y depositaria de alguno de los secretos mejor guardados de Juan Carlos I. Tras su ruptura sentimental, se inició una batalla entre ambos que ha culminado con la demanda civil de Larsen contra el rey emérito por acoso, coacciones y difamación. La justicia británica intenta dilucidar estos días si Juan Carlos I goza o no de inmunidad para ser juzgado.

Los correos electrónicos enviados por Larsen a su abogado suizo a comienzos de 2015, a los que ha tenido acceso EL PAÍS, reflejan el inicio de una guerra que hoy sigue viva. En ellos, la examante del ya rey emérito detallaba alguna de las supuestas irregularidades por las que Juan Carlos I está siendo investigado y por las que tuvo que abandonar España hace casi año y medio.

Un apartamento de lujo en el barrio de Belgravia de Londres, presunto regalo del sultán de Omán a Juan Carlos I en 2014 —unos meses después de abdicar este—, es el motivo del grave enfrentamiento que plasman los correos de Larsen, que se oponía a que el rey emérito registrase a su nombre el inmueble.

“Estoy a punto de perder los estribos”

El correo electrónico que Corinna Larsen envió al abogado suizo Dante Canonica, el 25 de marzo de 2015, no podía ser más esclarecedor: “Si no recibiera 15 llamadas telefónicas todas las mañanas relacionadas con este maldito apartamento estaría relajada, sería realmente relajante. No llegaré a Mustique (Islas Granadinas) hasta el sábado. Para entonces, quiero apagar el teléfono y tomar una copa en Basil’s. (...) Él [Juan Carlos I] y sus amigos pueden volver loco a cualquiera con sus tonterías. Estoy tan enojada. Estoy a punto de perder los estribos”. Canonica era el hombre que dirigía la fundación Lucum, donde el rey emérito ingresó, sin declararlos al fisco español, los 65 millones que le había regalado en 2008 el rey de Arabia Saudí y que él donó a Corinna Larsen en 2012.

Larsen se queja en ese correo de cómo se estaba gestionando la casa de Londres. La consultora alemana explica que el sultán de Omán había dejado de pagar las facturas, advertía del peligro que ella corría, porque intermedió en la operación, y reprocha a su abogado defender los intereses del rey más que los suyos. Canonica había diseñado casi toda la estructura off shore de Larsen: 12 sociedades en paraísos fiscales en los que ocultó presuntamente más de 70 millones. La guerra entre Juan Carlos I y su examante había estallado.

“Tal vez debería indicar que actué de buena fe para ellos [Omán] en la compra, que ayudé a adquirir la propiedad para ellos, confirmando que no recibí compensación financiera de ningún tipo por el trabajo (...) Necesito evadirme de cualquier responsabilidad antes de que esto se ensucie...”, prosigue la consultora alemana. “En el frente británico, tendré que tomar todas las medidas necesarias para asegurarme de protegerme lo mejor posible. No tengo inmunidad diplomática y no estoy preparada para aceptar el golpe por tu amigo, primo, etcétera. Si esto implica tener que notificar al propietario y luego a los dos bufetes de abogados de cualquier problema potencial, lo haré”., advertía. Y añadia: “Cuando intente cambiar de propiedad (...) habrá problemas. (...) Estoy dispuesta a decirles las opciones que son legalmente viables y cómo financiar los costes de funcionamiento anuales, que serán significativos”.

La mansión no debía registrarse a nombre de Juan Carlos I porque, supuestamente, el rey emérito no podría justificar con qué dinero había adquirido el apartamento y vulneraría las leyes británicas antiblanqueo. “El señor Abdullatif [antiguo embajador de Omán en el Reino Unido] respondió que la propiedad permanecerá a su nombre durante el tiempo que sea necesario. Eso es bueno y al menos lo tengo por escrito”, dice Larsen en otro correo.

La doble labor de Canonica, que en ocasiones viajaba a Madrid a entregar a Juan Carlos I dinero de su cuenta secreta en el banco Mirabaud & Cie y, al mismo tiempo, organizaba la opaca estructura fiduciaria de Larsen, irritaba a la consultora: “Si quieres ser mediador o solucionador de problemas, tu dilema será conciliar mi posición de hacer las cosas lícitamente con la posición de amigos [el rey emérito] que implica esencialmente violar la nueva ley [del rey Felipe VI] sobre obsequios, vuelos gratis y todo lo que pueda traer a la institución un descrédito, mientras potencialmente viola las leyes anticorrupción y blanqueo del Reino Unido”.

Larsen resumía así su frustración de aquellos días: “He hecho todo lo posible para asegurar al amigo un agradable lugar para el futuro. Dañar a quienes más te ayudan no es realmente una estrategia inteligente”. El apartamento de Londres acabó finalmente en manos de un joven árabe que pagó unos 50 millones.

Tres meses antes de que Larsen escribiera este correo, Felipe VI reguló por vez primera los regalos que pueden recibir los miembros de la Familia Real: prohibía aceptar aquellos que superasen “los usos habituales, sociales o de cortesía”, así como también “favores o servicios en condiciones ventajosas que puedan condicionar el desarrollo de sus funciones”.

El letrado Canonica respondió ese mismo día a los acalorados correos de Larsen. “Solo tengo un cliente, tú, y no tengo ningún conflicto de intereses de ningún tipo. No estoy a cargo del apartamento de Omán. Me contactaron para discutir el tema mencionado. Si quieres que convenza al que llamas “mi amigo” (que por cierto no es mi amigo) para que se siente contigo, estoy dispuesto a hacerlo siempre que reciba instrucciones claras de tu parte. Te deseo buenas vacaciones en Mustique. Disfruta de una copa en Basil´s bar”.

El retiro de Larsen en Mustique, la isla privada de San Vicente y Granadinas que hizo famosa la princesa Margarita de Inglaterra, no apaciguó el ánimo de la consultora alemana. Tampoco lo hicieron las copas y relajantes atardecederes en el pantalán de madera del Basil´s bar, el restaurante de moda de este exclusivo paraíso caribeño donde se refugian una larga lista de millonarios.

La cita con Villarejo

El 15 de abril de ese mismo año 2015, solo 21 días después de ese cruce de incendiarios correos y tras sus vacaciones en Mustique, Larsen recibió en su domicilio londinense de Eaton Square al comisario de policía José Manuel Villarejo, un electrón libre que compaginaba el servicio público con tareas privadas de espionaje para empresarios en apuros del Ibex 35. La grabadora de Villarejo recogió la voz de Larsen acusando al rey emérito de querer cobrar 100 millones en comisiones por las obras del AVE a la Meca, afirmando que tenía cuentas en Suiza y revelando que su primo lejano Álvaro de Orleans le pagaba vuelos en aviones privados. Durante aquella charla, Larsen omitió que, en junio de 2012, el entonces jefe del Estado le había transferido 64,5 millones a una de sus cuentas en Nassau (Bahamas). El expolicía se presentó como agente del CNI y le mostró dos falsos informes del servicio secreto fabricados por él mismo. En uno se aseguraba que querían conducirle hasta la cárcel y en el otro, se le implicaba en una supuesta estafa.

El CNI había investigado a Larsen por orden del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero ante el riesgo de que la persona que convivía con el entonces Rey tuviera relaciones con personalidades del Gobierno de Vladímir Putin, según fuentes cercanas al CNI. La nota elaborada por el servicio secreto concluyó que no había nadie más tras la amante de Juan Carlos I. “Lo que sí había era un proyecto de vida juntos, que se truncó desde el escándalo de Botsuana. Los 65 millones, los apartamentos en la estación de esquí suiza de Villar y la casa en Londres eran parte de ese plan”, apunta una persona cercana al rey emérito.

Pero el interés del CNI por la consultora alemana venía de atrás. El entonces director del servicio secreto, el general Félix Sanz Roldan, se había entrevistado con Larsen en 2012, semanas después del accidente del entonces rey en Botsuana, en su habitación del hotel Connaught, en Londres. Lo hizo a petición del presidente Mariano Rajoy y con conocimiento del rey emérito. El jefe de los espías le dijo que ella “tenía sobre sus hombros la responsabilidad de 45 millones de españoles”, en alusión a la necesidad de preservar la estabilidad institucional ante la sucesión en la Corona, según fuentes conocedoras del encuentro. En aquella época, Juan Carlos I estaba decidido a divorciarse y casarse con Larsen. La versión de Larsen es diferente: afirma que se sintió intimidada y amenazada.

Todos en apuros

La guerra entre Larsen y el rey emérito continuó con altibajos tres años más. Juan Carlos I, según aseguró Larsen a la BBC, le había reclamado el dinero —los 64,5 millones que le transfirió en 2012— cuando vio que no podía recuperarla. “En 2014 hizo intentos desesperados para que volviera con él pero en cierto momento se dio cuenta de que no iba a volver y se puso completamente furioso. Pidió que le devolviera todo. Creo que fue solo un berrinche”, dijo ella. Él niega este extremo, según su entorno.

En el verano de 2018 se produjo un hecho inesperado. Los digitales Ok Diario y El Español publicaron la conversación grabada a Larsen tres años antes. El comisario Villarejo estaba en prisión desde hacía meses por la presunta comisión de un largo rosario de delitos y en medios judiciales se interpretó la filtración y difusión de las cintas como un intento desesperado del expolicia para obtener la libertad que el juez Diego de Egea de la Audiencia no le concedía.

El juez abrió la pieza Carol para investigar las cintas, y semanas después la archivó por falta de pruebas y por la inviolabilidad del rey. Pero en Ginebra el fiscal Yves Bertossa, que leyó en la prensa las acusaciones de Larsen, entró con sus sabuesos a las oficinas de la gestora de fondos Rhône Gestion que dirige Arturo Fasana, una de las personas que Larsen señalaba en las grabaciones como cerebro de la opaca estructura del rey emérito. En ese registro se encontró la cuenta de la fundación panameña Lucum, tras la que se ocultaban los 65 millones recibidos por el rey emérito.

El director de Lucum era precisamente Dante Canonica, el abogado de Larsen, el hombre al que confesó inquietud en el acalorado cruce de correos. Las pesquisas del fiscal suizo obligaron ese mismo verano a una tregua entre el rey emérito y su expareja. Ella, Canonica y Fasana, el gestor de la cuenta de Juan Carlos I, estaban en serios apuros: Bertossa había bloqueado sus cuentas suizas y les había imputado por presunto blanqueo agravado de capitales, un delito que en Suiza implica hasta cinco años de cárcel.

Salvavidas y carta a La Zarzuela

El 8 de agosto de 2018, el rey emérito envió un salvavidas a su examiga. Una breve carta en francés dirigida a Canonica en la que aseguraba que Larsen no era su testaferro. Una declaración con la que, también, se protegía a si mismo. “Confirmo de nuevo que la donación por mi parte a la señora Corinna Zu Sayn-Wittgenstein fue irrevocable. Esta última nunca ha retenido, desde la donación, los activos transferidos en mi nombre. No he recibido por su parte ninguna cantidad. Nunca lo he pedido”, decía.

Y el 18 de septiembre, Juan Carlos I escribió una segunda carta. Esta vez manuscrita y dirigida a su primo Álvaro de Orleans en la que le agradecía “el prolongado gesto” de haber pagado durante años decenas de vuelos en aviones privados que sumaron más de ocho millones. El fiscal había bloqueado, también, las cuentas de Orleans y le había citado como testigo. El nombre de Orleans, también, había salido de la boca de Larsen. La consultora le acusaba de ser el testaferro de Juan Carlos I. Él lo niega.

Dinero por amor

Tres meses después, el 19 de diciembre de ese año, Canónica y Larsen tuvieron que acudir a la Fiscalía Suiza. “¿Por qué le entregó Juan Carlos I esos 65 millones?”, preguntó el fiscal a Larsen. “Me ofreció ese dinero por gratitud y por amor. Era consciente de que había hecho mucho por él y había estado muy presente cuando le anunciaron su enfermedad. Quería asegurar un buen futuro para mis hijos y para mí. Pienso que hay una última razón: que aún tenía la esperanza de recuperarme”, respondió ella.

El 5 de marzo de 2019, los abogados de Larsen en Londres enviaron a Jaime Alfonsín, jefe de la Casa del Rey, una carta en la que le informaban de la existencia de la fundación Lucum y de la presencia de Felipe VI como beneficiario a la muerte de su padre. Según La Zarzuela, la misiva “no documentaba” su explosivo contenido. Semanas después, Felipe VI renunció ante notario a cualquier derecho derivado de esta fundación panameña. “La estrategia de Corinna era unir su futuro judicial al de Juan Carlos I y así sigue todavía”, afirma una persona cercana al exjefe del Estado.

Larsen, además del envío de esa carta hizo otros intentos que amigos de Juan Carlos I califican de “desesperados” para afianzar su incierto futuro judicial con el de su expareja, pero “se levantó un muro” y la guerra continuó. La presión de la consultora obligó a Juan Carlos I a viajar a Londres a entrevistarse con ella para intentar llegar a un acuerdo, según afirma una persona cercana al rey emérito. Entonces, nadie salvo ellos, sus gestores suizos, el fiscal Bertossa y La Zarzuela conocían la existencia de la fundación panameña Lucum.

Un detective y 10 hombres de paja

En 2020, Larsen dio una arriesgada vuelta de tuerca a su estrategia. Contrató a Mario Bero, el famoso y octogenario detective ginebrino dueño de Alp Services S.A., un veterano profesional con ojos y oídos en todos los charcos de la ciudad. El objetivo era investigar a 10 “hombres de paja”, todos amigos de Juan Carlos I, destruir la reputación del fiscal suizo que le investiga y limpiar en internet las noticias que dañan su reputación. “Juega a Robin de los Bosques únicamente por su gloria personal” [...] “debemos arruinarle. Es un actor nefasto, no debería estar autorizado a decidir el destino de las personas”, señalan los correos de Larsen. La primera factura ascendió a 130.000 francos suizos (unos 130.000 euros) por investigaciones en España, Liechtestein, Panamá, Andorra y Francia. Un exempleado hackeó los ordenadores de Alp Services y envió este y otros contratos a 40 personas.­­­­­­­ Uno de los receptores fue el fiscal suizo.

Cuando este diario reveló la existencia de la fundación Lucum y la donación de los 65 millones a Larsen, Robin Rathmell, su abogado, respondió que su cliente “recibió un regalo no solicitado del rey emérito, quien lo describió como una forma de donación para ella y para su hijo, con los cuales se había encariñado. Había pasado varios años de mala salud durante los cuales nuestra cliente lo cuidó”.

La revelación en EL PAIS y en The Telegraph de que Juan Carlos I y Felipe VI eran beneficiarios en las fundaciones Zagatka y Lucum obligó a La Zarzuela a publicar un comunicado señalando que Felipe VI había renunciado a la herencia de Juan Carlos I y que había retirado a su padre la asignación presupuestaria. Pero la guerra, lejos de cesar, se prolongó. La exposición pública del caso, las nuevas indagaciones del fiscal suizo y la investigación de la Fiscalía del Tribunal Supremo sobre Juan Carlos I avivaron la batalla entre la empresaria y el rey emérito.

Los caminos judiciales de Larsen y Juan Carlos I parecen distintos. Ella sigue imputada por blanqueo de capitales en Suiza. Él ya conoce que la Fiscalía del Supremo archivará proximamente sus diligencias y desea su regreso de Abu Dabi (Emiratos Árabes Unidos) a España. La demanda de Larsen en Londres contra Juan Carlos I se interpreta en el entorno más proximo del exjefe del Estado como otra batalla más de la empresaria para unir su futuro judicial al de su expareja. Cuando los tribunales británicos decidan, vendrán otras contiendas. La guerra previsiblemente continuará.

Gestión anuncios
Gestión anuncios

Más de El País

image beaconimage beaconimage beacon