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China ignora el segundo aniversario del cierre de Wuhan obsesionada con erradicar todo brote de coronavirus

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 23/01/2022 Macarena Vidal Liy
Gente con máscara cruza un paso de cebra en Wuhan, China, el pasado día 19 de enero. © Getty Images Gente con máscara cruza un paso de cebra en Wuhan, China, el pasado día 19 de enero.

El principal periódico de la ciudad de Wuhan, el Changjiang Ribao (Diario del Yangtsé), dedica estos días sus páginas a cubrir la asamblea legislativa anual, la lucha del gobierno central contra la corrupción o la conversación del presidente, Xi Jinping, con el bielorruso Aleksandr Lukashenko. Nada sobre el coronavirus cuando se cumple, este domingo, el segundo aniversario del cierre de esta ciudad de once millones de personas. El confinamiento de Wuhan duró 76 días y proclamó al mundo que aquella enfermedad entonces aún sin nombre era un problema mucho más grave de lo que se había dado a entender.

Entonces, y cerrada a cal y canto, la ciudad vio colapsar su sistema sanitario en aquellas primeras semanas ante la avalancha de pacientes que ningún médico sabía muy bien cómo tratar. Periodistas ciudadanos como Zhang Zhan, Chen Qiushi o Fan Bing mostraron escenas de caos en los hospitales desbordados antes de ser detenidos. A muchos enfermos se les hizo volver a casa, por falta de camas; algunos murieron antes de llegar a recibir tratamiento en aquellos primeros días de confusión, antes de la construcción en tiempo récord de dos hospitales de la nada y la habilitación de más de una docena de centros como hospitales de campaña. En las calles vacías, salvo los trabajadores de emergencia, los únicos seres vivos que circulaban eran perros y gatos.

Wuhan es hoy una ciudad libre de covid, como la inmensa mayoría del territorio chino. No registra casos desde hace meses y la vida diaria se desarrolla sin limitaciones de aforo. Pero sigue reacia a recordar aquellos meses en que acaparó la atención del mundo, la primera en vivir una pandemia que sigue asolando el globo, y lleva en silencio sus cicatrices. Chen Qiushi ha quedado muy discretamente puesto en libertad. Zhang Zhan cumple una condena de cuatro años de cárcel por alteración del orden público; su familia alerta de que lleva a cabo una huelga de hambre como protesta y que su mal estado de salud hace que su vida corra peligro. Del empresario Fan Bing nadie ha vuelto a saber. No hay previstos actos oficiales para marcar el aniversario de aquella crisis que dejó en la ciudad más de 50.000 personas contagiadas ―algunas aún arrastran secuelas físicas― y 3.869 muertos.

Pero sí hay pequeños actos individuales de conmemoración. La cuenta de Weibo (el Twitter chino) del oftalmólogo Li Wenliang, el médico que fue amonestado por alertar de la enfermedad a sus familiares y amigos y que falleció él mismo por covid en aquellas caóticas primeras semanas, se ha convertido en un lugar de homenaje, donde los internautas le envían mensajes como si estuviera vivo, especialmente en torno a aniversarios señalados, y expresan sus opiniones. “Tercer año de la Era del Coronavirus. Te sigo recordando, no sé si estarás bien por ahí. El mundo no ha vuelto aún a la normalidad. Como el día que te marchaste”, escribía este sábado un usuario bajo el seudónimo “Dudar es Perder”.

Como el resto de China, esta urbe a orillas del Yangtzé vive su normalidad con aprensión. “El ambiente siempre ha sido estricto [en los últimos dos años], la gente lleva mascarillas, hay que presentar los códigos verdes de las aplicaciones de salud en todas partes… pero desde hace poco, lo es aún más. Ahora también se suele pedir un código que indica los sitios en los que has estado en los últimos 14 días. Los nervios se notan sobre todo en el aeropuerto, o en las estaciones de tren, más que en el centro de Wuhan. A una amiga que acaba de volver de Pekín la han puesto en cuarentena”, cuenta desde allí Jin, una especialista en marketing.

Personal médico traslada a un paciente en el hospital Jinyintan, en Wuhan, en enero de 2020. © DARLEY SHEN (REUTERS) Personal médico traslada a un paciente en el hospital Jinyintan, en Wuhan, en enero de 2020.

Pese a que, a diferencia del resto del mundo, China mantiene una inflexible política de covid cero, y la cifra oficial de contagios en estos dos años solo ronda las 105.000 personas en una población de 1.411 millones, el Gobierno no ha podido evitar que hayan ido surgiendo pequeños brotes de coronavirus —rápidamente controlados— en distintos puntos del país. La variante ómicron ya se ha detectado en varias ciudades, incluida Pekín. El mes pasado, otra ciudad, de trece millones de habitantes, Xian, notificó varias docenas de casos y ordenó un confinamiento similar al que vivió Wuhan. Solo ahora comienza a levantarse gradualmente, dejando tras de sí numerosas quejas sobre el suministro de bienes de primera necesidad y tres muertes de pacientes sin covid que no recibieron tratamiento a tiempo por unas normas aplicadas de modo inflexible.

Blindaje

Esa aprensión perceptible en todo el territorio del gigante asiático se multiplica cuando faltan apenas dos semanas para la inauguración en Pekín de los Juegos Olímpicos de invierno, el 4 de febrero. Los preparativos ya están casi terminados; han comenzado a llegar las delegaciones. Los carteles con el logo de los cinco aros inundan la capital y los medios chinos ya han comenzado a bombardear con informaciones sobre el acontecimiento. Para evitar que la covid pueda ensombrecer el macroevento deportivo, que se desarrollará en una burbuja completamente sellada, China se ha blindado.

Se han suspendido la mayoría de los escasos vuelos internacionales de pasajeros que operaban hasta el momento. El contagio con la variante ómicron de una mujer en Pekín que no era contacto de ningún otro caso ha llevado a las autoridades a conjeturar que la fuente de infección pudo ser un paquete recibido desde Canadá y que pasó también por Estados Unidos y Hong Kong. El correo procedente del exterior ha pasado a quedar bajo sospecha: la televisión estatal CCTV ha recomendado a sus seguidores en redes sociales que reduzcan “las compras de productos procedentes del extranjero y la recepción de correo internacional”.

Cuatro contagios en una misma cadena de frío en un distrito de la capital ha llevado al jefe del gobierno municipal en Pekín, Cai Qi, a dar órdenes de estrechar la vigilancia sobre este tipo de cadenas logísticas. Los trabajadores de este sector tendrán que someterse a una prueba PCR de coronavirus cada tres días, en lugar de los siete hasta ahora preceptivos. Sus contactos deberán presentarse a una cada quince días.

Un hombre se somete a un test de covid mientras otras personas aguardan en una cola, este sábado en Pekín. © ROMAN PILIPEY (EFE) Un hombre se somete a un test de covid mientras otras personas aguardan en una cola, este sábado en Pekín.

La docena de casos detectada hasta ahora en el brote en la capital ha llevado también a ordenar el cierre de las escuelas de Pekín, que deberán impartir sus clases a distancia. Todos sus estudiantes deben hacerse una prueba PCR de manera escalonada.

Al nerviosismo de las autoridades contribuye también la cercanía de las festividades del Año Nuevo lunar, que este año llega el 1 de febrero. Cada año, centenares de millones de personas se desplazan para reunirse con sus familias a celebrar la llegada de la primavera lunar, algo que puede generar nuevos brotes.

La recomendación oficial es evitar los desplazamientos en la medida de lo posible. Numerosas ciudades, incluida Pekín o Sanya, la turística capital de la isla tropical de Hainan, exigen estos días a los viajeros que llegan procedentes de otros puntos del país la presentación de una prueba PCR negativa efectuada en las 48 horas previas. La capital china obliga también a una segunda prueba a las 72 horas de la llegada. Y prohíbe la entrada a quienes procedan de localidades donde se hayan detectado casos positivos.

Las duras medidas comienzan a generar cansancio entre algunos, especialmente aquellos que, siguiendo las recomendaciones oficiales, han evitado los desplazamientos fuera de sus lugares de residencia en los últimos dos años. “Yo ya he comprado el billete de tren y me voy a mi pueblo en la provincia de Anhui el martes que viene”, asegura con los ojos brillantes Xiao Lan, de 45 años y trabajadora en un pequeño comercio de Pekín. “Ya sé que la recomendación es no viajar, pero en mi provincia no hay casos de coronavirus. Ahora mismo no hay riesgo como en Shaanxi o Henan (donde hay brotes activos), y hace dos años que yo no veo a mi familia. Ya es hora de que vaya”.

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