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El rey escocés de Sestao que luchó con el SAS

Logotipo de El Correo El Correo 12/10/2018 Javier Muñoz

El 4 de marzo de 1945, siete miembros del Servicio Aéreo Especial (SAS), las fuerzas especiales británicas, iban a ser lanzados en paracaídas desde un avión C-47 Dakota estadounidense sobre suelo italiano. Su objetivo era ocupar unos días después el cuartel general de la Wehrmacht en Villa Rossi y Villa Calvi, dos antiguas mansiones de Botteghe, un pueblo del norte de Italia. A las órdenes del capitán Michael Lees, de la Dirección de Operaciones Especiales (SOE, siglas en inglés), los paracaidistas debían incorporarse a uno de los destacamentos más heterogéneos que los aliados habían podido reunir. Lo formaban 150 partisanos comunistas italianos, 100 desertores rusos del Ejército alemán y 40 miembros del SAS llegados en varios grupos, entre los que se encontraban el vasco Justo Balerdi y un gaitero escocés, David Kirkpatrick, que debía tocar cuando comenzaran los disparos.

'Doce del patíbulo', 'El desafío de las águilas', 'Los cañones de Navarone'... El mismo espíritu que reflejan esas películas debió de inspirar a los hombres que esperaban a saltar del Dakota-47, integrantes del primer contingente de comandos enviado para contactar con el maquis. Entre ellos, Justo Balerdi era un sestaoarra menudo, de 1,68 de estatura y 66 kilos –así consta en su expediente militar–, que había tomado un nombre supuesto igual que otros combatientes del SAS que también procedían del exilio de la Guerra Civil. De los diez que había en esa unidad, seis se buscaron un alias para que no los reconocieran, y a los británicos les pareció bien, salvo con uno de ellos que quiso llamarse como el corsario Francis Drake. A Balerdi, el único vasco conocido de la historia del SAS, no le dijeron nada cuando decidió llamarse Robert Bruce, el primer rey de Escocia (1274-1329).

La acción del SAS en Italia la relatan Guillermo Tabernilla y Ander González en el libro 'Combatientes vascos en la Segunda Guerra Mundial', publicado por Desperta Ferro. Es un repaso minucioso de la huella que dejaron en la contienda los soldados procedentes de Euskadi y de la diáspora vasca, en el que el autor dedica unas páginas a la singular biografía de Balerdi, que recibió la medalla África Star de los británicos por su participación en la campaña del desierto.

De Barcelona a Siria

Balerdi nació en 1920 en Sestao, aunque su vida giró alrededor del Mediterráneo desde que, siendo muy joven, fue a vivir a Barcelona, donde lo sorprendió la sublevación franquista. Cuando finalizó guerra en 1939, su madre se había vuelto a casar con un militante comunista, y él marchó a Gibraltar y luego con su tía a Tánger, una zona internacional que en junio de 1940 sería invadida por las tropas de Franco. Se cree que Balerdi pudo enrolarse en la Legión Extranjera francesa, y lo cierto es que reapareció en Siria, controlada por el régimen colaboracionista de Vichy, hasta que en 1940 se pasó a los aliados, a un regimiento británico estacionado en Palestina. Con esas tropas viajó a Egipto ese mismo año, y en octubre entró en otra unidad de comandos, embarcando luego para la isla de Creta, que todavía no había caído en manos alemanas.

La hoja de servicios de Balerdi es intensa, pero incluye algún arresto y una pérdida temporal de la graduación de cabo primero, debida posiblemente a sus cambios frecuentes de unidad. Son tropiezos de no demasiada importancia que sugieren que pudo ser una persona rebelde, además de experimentada en el combate. Era un retrato frecuente en las unidades británicas de comandos e inteligencia, en las que se mezclaban aventureros con excatedráticos de Cambridge, poetas y escritores amantes a partes iguales de la emoción y la Antigüedad.

¿A qué grupo pertenecía Balerdi? Guillermo Tabernilla y Ander González indican que debió de recibir una esmerada educación en Barcelona. Como soldado, en 1941 participó en un golpe británico en una isla griega ocupada por los italianos y hasta 1943 interviene en la guerra de comandos del Norte de África, siendo reclutado ese año por el SAS, el servicio que había creado el teniente coronel Archibald David Stirling (formó parte de una nueva unidad a las órdenes del hermano de éste, William Stirling). Al año siguiente, Balerdi abandonó el Mediterráneo para recibir un curso de paracaidismo en el Reino Unido, y tras el desembarco de Normandía, en 1944 lo enviaron con sus compañeros a Bailly-le-Franc (Francia) para sabotear los trenes alemanes en la región de Champaña-Ardenas, donde permaneció más de un mes escondido entre los soldados de la Wehrmacht.

El siguiente escenario fue Italia, un año más tarde. Los aliados pusieron en marcha la Operación Tómbola, en la que el SAS, coordinando a los partisanos locales y a los desertores rusos de la Wehrmacht, debía neutralizar el cuartel general del 51 Cuerpo de Montaña alemán en Botteghe, en el municipio de Albinea, cerca de Reggio Emilia. Justo Balerdi y los demás tenían que ir saltando en diferentes vuelos detrás de la Línea Gótica, la barrera defensiva que la Wehrmacht había montado en la cordillera de los Apeninos para facilitar su repliegue.

En el grupo del 4 de marzo de 1945 se lanzaron Balerdi y otro exiliado de la República, Francisco Gerónimo o Frank Williams (el apodo que eligió). Y unos días más tarde, el 23, lo hizo David Kirkpatrick, conocido como 'mad piper' o gaitero loco, que saltó del avión con el 'kilt' puesto –los partisanos lo confundieron con una mujer–. Tenía el cometido específico de tocar la gaita en cuanto empezaran los disparos, algo que ya había hecho en una operación anterior con otros partisanos en Albania.

Balerdi, fumando en el centro, con sus compañeros de armas. © P.D. Balerdi, fumando en el centro, con sus compañeros de armas.

Aterrizaje equivocado

Propenso a la insubordinación, y reclutado esta vez tras una borrachera, Kirkpatrick debía hacer creer a los alemanes con su música que el ataque en Albinea era de los aliados, a fin de que no tomaran represalias contra los civiles locales. Tomó tierra en un lugar equivocado, pero lo auxiliaron unos campesinos y acabó regalando su paracaídas, cuya seda sirvió a una joven para confeccionar su vestido de novia. Esa anécdota encaja bien con el motivo que el comandante de los SAS en Albinea, Roy Farran, de 24 años, esgrimió para llevarse con él a Italia a un soldado como Kirkpatrick. Creía que era lo más indicado para envolver la aventura en un halo de romanticismo y le dijo: «Tú eres mi arma secreta, ve y juega». Su gaita fue alcanzada por las balas en el fragor del combate mientras sonaba la marcha 'Highland Laddie'.

Balerdi, Gerónimo, Kirpatrick, Farran… Todos ellos colaboraron casi dos meses en el norte de Italia para dar un golpe sorpresa a la Wehrmacht en las residencias nobiliarias de Villa Rossi y Villa Calvi, y luego resistir y organizar un caos que provocó la retirada de tres divisiones alemanas. Fue la última hazaña en la que participó Justo Balerdi, que moriría en combate el 21 de abril de 1945 en Torre Maina, en la provincia de Módena, un par de días antes de que la guerra acabara en Italia.

Lo enterraron provisionalmente en el lugar donde cayó, pero el SAS, después de ocupar las ciudades de Módena y Reggio Emilia, regresó a Torre Maina para recoger los cadáveres de sus soldados y darles sepultura en el cementerio de Albinea. Más adelante, los restos de Balerdi fueron inhumados en el War Cementery de Milán, y en su lápida se puede leer el nombre de Robert Bruce, el que se había dado a sí mismo para luchar al lado de los británicos. La suya es la tumba de un rey imaginario de Escocia, el último de todos. Un soldado nacido en el País Vasco que luchó junto a un gaitero loco al que los italianos recuerdan como un héroe. Porque David Kirpatrick fue nombrado ciudadano honorario de Albinea en 2011. Murió en su localidad natal de Grivan en 2016, a la edad de 91 años, y en su tumba también se puede leer su apodo. 'The Mad Piper'.

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