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La arriesgada normalidad sueca

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 22/05/2020 Belén Domínguez Cebrián
Varios músicos en una misa en el jardín de una iglesia de Estocolmo por el día de la Ascensión. © Linnea Rheborg Varios músicos en una misa en el jardín de una iglesia de Estocolmo por el día de la Ascensión.

Una maratón. Así ha definido recientemente el primer ministro sueco, el socialdemócrata Stefan Löfven, la inusual estrategia del país escandinavo en la lucha contra el coronavirus: mantener abierto el país con medidas restrictivas suaves que perduren en el tiempo y, sobre todo, confiar en la responsabilidad individual de cada ciudadano como aliada contra el virus. Pero mientras el resto del mundo —especialmente sus vecinos nórdicos— mira a Suecia con reservas, los expertos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) creen que ya “hay lecciones” que aprender del país: “Aún es pronto, pero Suecia podría representar esa nueva normalidad” hacia la que se dirige la humanidad, dijo a finales de abril Michael Ryan, director del Programa de Emergencias Sanitarias de la OMS.

Suecia, de 10 millones de habitantes, se despertaba esta semana con la trágica noticia de haberse convertido en el primer país de Europa en muertes per cápita a causa de la covid-19 con 6,5 fallecimientos diarios por millón de habitantes durante los últimos siete días consecutivos, según el sitio ourworldindata.org citado por Reuters. La nación escandinava ha registrado un total de 3.831 muertes por coronavirus, un número considerablemente más bajo que el resto de países europeos como el Reino Unido (35.704) —que le sigue en decesos diarios per capita con 5,75 por millón de habitantes—, Italia (32.330), Francia (28.132) o España (27.888).

Sin embargo, el número de muertes en este país, el más grande y poblado de su región, es considerablemente más alto que el registrado en Noruega (234), Finlandia (304), Dinamarca (554) e Islandia (10). ¿Por qué? Suecia se ha diferenciado desde el principio de la pandemia de sus vecinos siguiendo una estrategia diametralmente opuesta y calificada de laxa en la que, supuestamente, el virus se extiende de forma lenta entre la población dejando que el sistema sanitario asuma las emergencias sin sufrir un colapso —que por ahora, no ha ocurrido— y mientras se intenta ganar inmunidad en la población, un extremo que por ahora resulta una incógnita, según los expertos. Klara Bergmark, jefa de la UCI en el hospital Danderyd (al norte de Estocolmo), reconoce que, pese al cansancio, los sanitarios suecos están preparados para trabajar a un nivel más elevado durante el verano y potencialmente todo el año, según declaraciones recogidas por AFP.

El epidemiólogo detrás del plan de acción sueco, Angels Tegnell, insiste una y otra vez en que de lo que se trata es de no colapsar el sistema público de salud y de luchar contra el virus con la vista puesta en el largo plazo. Una carrera de fondo en la que, de momento, han perdido la vida cinco veces más personas que en la vecina Dinamarca. Una carrera de fondo que solo acaba de empezar y en la que el final se vislumbra aún muy lejano. Pero una carrera de fondo que, por otro lado, ha puesto ya al país en una situación en la que la sociedad está más preparada para vivir en el distanciamiento social, con los bares y restaurantes a medio gas y en la que los alumnos acuden a clase a través de una pantalla, según las autoridades. “Si queremos volver a una sociedad libre de confinamiento, entonces la sociedad tendrá que adaptarse necesariamente [a medidas tibias] durante un largo periodo de tiempo”, revela la OMS.

Y es que la bajísima densidad de población (25 habitantes por kilómetro cuadrado frente a 234 de Alemania), la alta tasa de personas que viven solas (casi dos millones de personas) y el bajo nivel de enfermedades como la diabetes (6,5% frente al 9,4% de España) o la obesidad (13% frente al 40% de Estados Unidos), según datos oficiales recogidos por el New York Times, hacen que el país cuente, casi por defecto, con unas condiciones prácticamente únicas para sobrellevar esa nueva normalidad con mayor naturalidad.

El demógrafo Martin Kolk, de la Universidad de Estocolmo, recuerda a través de un correo electrónico que la Agencia de Salud Pública sueca —independiente del Gobierno, aunque este sigue sus recomendaciones— dejó claro desde el principio que no iba a establecer políticas que no fueran sostenibles durante un largo periodo de tiempo, en referencia al confinamiento extremo de algunos países europeos. Por eso Estocolmo ha querido evitar a toda costa un confinamiento total. “Una vez cierras [el país], es difícil salir del confinamiento. ¿Cómo lo haces? ¿Cuándo?”, se preguntaba el propio Tagnell, quien advirtió hace semanas de que la sociedad no aguanta medidas demasiado extremas.

Johan Strang, del Centro de Estudios Nórdicos de la Universidad de Helsinki, asegura ver signos de que al menos Finlandia, Noruega, Dinamarca e Islandia se están acercando en el día a día al nuevo modo de vida sueco, en el que los comercios han permanecido abiertos con leves restricciones (en los bares, por ejemplo, hay que sentarse en la mesa, no en la barra) y en el que las reuniones se limitan a medio centenar de personas. “Ahora el enfoque nórdico está convergiendo, escuelas y restaurantes abren gradualmente en toda la región”, explica.

Fronteras cerradas

Pero pese a que Noruega, Finlandia, Dinamarca e Islandia continúan en la cabeza europea de la desescalada, aún miran de reojo a Suecia e incluso anuncian que mantendrán cerradas las fronteras que comparten con este país. Se trata de una medida que, salvo en 2015 con la crisis de los refugiados, nunca se había tomado en la región desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. “Es una verdadera pérdida de prestigio en la idea de una comunidad nórdica”, se lamenta Strang. El experto cree que el cierre de fronteras en la región es uno de los“signos de desglobalización”, aunque confía en que será una medida “pasajera” y que las fronteras abrirán en cuestión de semanas o meses, como por ejemplo ya lo han hecho Estonia, Letonia y Lituania, creando la llamada “burbuja báltica” de tránsito.

La estrategia sueca, pues, aún plantea demasiados interrogantes para sacar lecturas claras. Al menos en lo que se refiere a conclusiones sanitarias. En cuanto a las económicas, la estrategia aperturista sueca muestra sus sombras. Entre enero y marzo de 2020, el país experimentó un decrecimiento del 0,3%, frente al 3,8% de la eurozona. El Banco Central Sueco estima que el PIB caerá entre el 7% y el 10% (la caída del PIB comunitario se estima en 7,5%). "Lo peor está por llegar”, añadía la ministra de Finanzas, Magdalena Andersson.

Pese a que el consumo se mantuvo en niveles previos a la pandemia en el primer trimestre del año, las previsiones no son alentadoras: se calcula que el paro aumentará en 2020 un 6,8% hasta rozar el 10%. El empleo de 1,5 millones de suecos está en la cuerda floja porque depende de las exportaciones, que representan una buena parte del PIB del país, especialmente gracias a empresas como Volvo y Scania. “La crisis [de la covid-19] nos ha mostrado una vez más lo dependientes que somos del comercio exterior”, se lamentaba esta semana Axel Josefson, alcalde de Gotemburgo, en el diario Politico. Y es precisamente en sus principales destinatarios donde Suecia encuentra ahora la puerta cerrada.


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