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El % justo: un juego que revela lo peor de la industria alimentaria

Logotipo de El Comidista El Comidista 19/10/2021 Mònica Escudero
Ingrediente parece, aroma es © SUPERSTOCK Ingrediente parece, aroma es

La periodista especializada en nutrición, salud y alimentación Laura Caorsi estaba en el supermercado cuando vio en uno de los estantes un paquete de minitortitas de arroz. En el envase ponía bien grande ‘jamón ibérico’, y además lucía —también en un tamaño generoso— el dibujo de unas inequívocas lonchas de ese ingrediente, ondeantes y seductoras, que parecían banderas al viento. Casi podía intuir su carne marmoleada, su aromática grasa y una D.O. que le ponía ojitos; pero —como tantas veces, ay— las promesas resultaron ser un fraude. 

“Por mi trabajo suelo fijarme en los productos, sus envases, sus mensajes y sus etiquetas. Me gusta analizar lo que pasa ahí en términos de comunicación; comprender las estrategias que utilizan los fabricantes para que compremos”, cuenta Caorsi. Su romance ibérico terminó cuando le dio la vuelta al paquete para leer la lista de ingredientes y descubrió que, de jamón, solo había aromas. Fue entonces cuando Caorsi, que también es editora y docente del máster en Nutrición clínica de la Universidad Católica de Valencia, decidió darle la vuelta al asunto y convertir su enfado en algo con lo que pudiera divulgar desde un punto de vista lúdico.

“Me pareció indignante, así que al día siguiente lo puse en un tuit, pero no en tono bronco, sino planteándolo como un juego. Una versión sui generis de El precio justo, que presentaba Joaquín Prat”, apunta la autora. Así nació El Porcentaje Justo, un divertimento con espíritu didáctico y fresco —sobre todo en esa red social con tendencia a la bronca que es Twitter— que se ha convertido para muchos en una cita donde la información y las risas van de la mano.

El juego

El % Justo tiene una mecánica muy sencilla: consiste en observar el envase de un alimento, ver qué ingrediente se destaca allí y adivinar qué cantidad de ese ingrediente contiene el producto. “Como en el clásico televisivo, gana quien más se acerque sin pasarse. Aquí solo miramos la parte frontal del envase: la misma que vemos en las estanterías del supermercado”, resume su creadora.

Cualquiera puede participar, pero sin hacer trampas: no vale buscar información extra antes de hacerlo (lo que equivaldría a mirar la letra pequeña, la información nutricional). “En otras palabras: la idea es cuantificar qué nos transmite el envoltorio”, apunta Caorsi. Los distintos productos que han ido pasando por su escaparate tienen algo en común: destacan con grandes imágenes o palabras un ingrediente que contienen en proporciones muy pequeñas. “O que, directamente, no contienen: el caso de las palomitas fue especialmente sangrante: a pesar de poner ‘MANTEQUILLA’ (así, en tipografía MírameMucho24), no la tenían”, apunta la periodista. Lo que tenían —y tienen— es grasa de palma.

¡A jugar!

La sorpresa y la indignación no se hicieron esperar; la fórmula funcionó y en seis meses pasó de ser una cosa puntual, que la periodista hacía en su propia cuenta de Twitter, a ser algo más regular con cuenta y entidad propia. “Las tortitas de jamón sin jamón dieron bastante que hablar, y ni te cuento las palomitas de mantequilla sin mantequilla que le siguieron. Esos dos tuits iniciales tuvieron cierta repercusión en la misma red social, pero también aparecieron en algunos medios”: en ese momento Caorsi empezó a pensar que, quizás, había encontrado un modo amigable y simpático para señalar las jugarretas.

Gestiona este proyecto sola, pero bien acompañada: le ayudan mucho algunos divulgadores, nutricionistas y tecnólogos de los alimentos, “profesionales como Beatriz Robles, Juan Revenga, Gemma Del Caño, Miguel A. Lurueña o Julio Basulto. Ellos, entre otros, son cruciales para resolver dudas, señalar errores, apuntar detalles relevantes y darle difusión al juego”, comenta con agradecimiento. Para escoger los productos que protagonizarán el concurso, va al supermercado, lee todas etiquetas que encuentra y, si ve algo que le llama la atención, lo anota. “Pero también hay una dirección de e-mail para que cualquier persona pueda hacer lo mismo: elporcentajejusto@gmail.com”, aclara la creadora de este juego, que también sirve para afinar el espíritu crítico, ya que para ella “eso de buscar y cazar ejemplos es casi un juego en sí mismo; me gustaría pensar que fomenta la curiosidad y el hábito de leer la letra pequeña antes de comprar cualquier cosa”.

Los jugadores

Entre los participantes podemos encontrar perfiles de lo más dispar —entre los que se pueden reconocer fácilmente, ya que Twitter permite el anonimato—: Caorsi diría que hay de todo, y de distintas edades. “Reconozco muchos profesionales de la alimentación y la gastronomía, estudiantes y profesores de nutrición, y también personas que no tienen nada que ver con estos mundos, pero que hacen la compra y se lo pasan bien descubriendo curiosidades sobre productos cotidianos”.

Son una comunidad que incluso tiene ya chistes, bromas privadas e incluso asociaciones —con una cierta guasa—: el Club del 0,7%. “Desde que empezamos a jugar llevamos casi 30 escaparates y, por alguna razón que desconozco, esa cifra ha salido varias veces. No sé si es un fetiche de la industria o qué; tengo pendiente indagar en ello”. El caso es que, por repetición, algunas personas han montado un grupito propio y apuestan siempre por esa cantidad, pase lo que pase. “Algunos hasta lo han puesto en su bio de Twitter (como ‘socio al 0,7%’ o ‘con un 0,7% de mamarracho’), sonríe Caorsi.

El resultado

Por eso cuando se descubren los resultados las reacciones son de sorpresa, incredulidad, indignación e incluso cabreo. “Lo mismo que podría sentir cualquiera que haya comprado algo creyendo que tiene carne para luego descubrir que el producto tiene menos carne que rodilla de pajarito. Hay muchas risas, sí, pero en el fondo a nadie le gusta sentirse engañado”, reflexiona la periodista.

Algunos de los casos que más han hecho enfadar a los concursantes han sido, además de las tortitas y las palomitas ya mencionadas; el chili con carne que, además de muy, muy poca carne, tenía corazón de vacuno —un tema que causó tanta controversia que Caorsi ya ha escrito un artículo específico sobre él—; el pastel de cabracho que solo tenía un 1% de cabracho y una bebida de leche desnatada y nueces que solo tenía un 0,04% de nuez. “La industria tiene un manejo soberbio del lenguaje y lo aplica siempre que puede a su favor. Esto lo vemos en los nombres que se eligen para algunos productos, capaces de sugerirte cosas que no son (Digestive, Ligeresa, BienStar…).”, apunta de nuevo la periodista.

La manipulación también pasa por el tipo de ingredientes que se destacan y se ocultan; por ejemplo, poner bien grande la avena que lleva un yogur, aunque solo tenga un 1,5%, y no mencionar el azúcar, aunque sea más del 13% de la composición total. El uso de preposiciones, o su ausencia, también da pistas. “Cuando lees algo como ‘turrón trufa’ o ‘palomitas mantequilla’ y notas que falta un ‘de’ o un ‘con’ en el medio, malo. No es que estén ahorrando tinta en el envase; es que están ahorrando ingrediente en el producto”.

Es inevitable que pique la curiosidad, y preguntar si alguno de los fabricantes que —involuntariamente— han formado parte de este juego se ha manifestado de alguna manera después de verse expuesto. “No, nunca. Y tampoco creo que lo hagan. El juego es, en el fondo, una campaña de fomento de la lectura”, reflexiona Caorsi. “Con cada ejemplo, aprendemos a leer: solo podría molestarse quien nos prefiera analfabetos”.

Los ganadores

Posiblemente sea el juego con más ganadores de la historia: cualquiera que aprenda a evitar este tipo de coladeros cuando se acerca al supermercado, se lleva mucho más que un premio de consolación. Para Caorsi la manera más sencilla de hacerlo es también la más constante: hay que acostumbrarse a leer. “Tenemos que pensar que los envases de comida son, sobre todo, anuncios publicitarios, y que la información de verdad, la que nos interesa, queda muchas veces relegada a un costado, a un pliegue, a la parte de atrás. Hay que leer siempre la letra pequeña y las listas de ingredientes, y si no entendemos algo, preguntar hasta entenderlo”.

Lo más gracioso —o tragicómico, según se mire— es que en el proceso Laura ha descubierto que “los envases engañan a todo el mundo, sin excepción. Es muy difícil juzgar bien un producto fiándote solo por los reclamos de su envase”. La laxitud de las medidas sobre lo permitido o no en el etiquetado y la publicidad —especialmente flagrante en snacks y aperitivos, comida "para niños" y demás festivales del ultraprocesado con piel de oveja—, sumados a los conocimientos de la industria para jugar al límite, no ponen precisamente difíciles este tipo de engaños.

Lo resume así Caorsi: “Lo hacen porque pueden, porque les sale barato, porque se aprovechan de nuestra buena fe y porque tienen una estrategia de venta a corto plazo. Ahora bien, quienes compramos tenemos un enorme poder, aunque no lo estamos usando: nuestras elecciones inciden en el mercado, no somos elementos pasivos”. Por eso nos invita a no olvidar que “las elecciones son realmente libres cuando se toman de manera informada; también en alimentación”.

Una conclusión

El diseño de los envases influye de manera notable en nuestra percepción sobre el producto que contienen. Un producto que, en muchos casos, no vemos. Lo elegimos fiándonos de las fotos, los colores, los mensajes que aparecen envolviéndolo. Por eso, las etiquetas alimentarias son un espacio de poder. Más todavía si en lugar de estar escondidas en los laterales del envase, debajo o detrás, aparecen en la parte frontal, disputándole territorio a los del “dame un 0,9% de pollo y moveré el mundo”. Por concluir, y permitidme la utopía, creo que hace falta trabajar en tres direcciones:

1) Información útil a la vista y un márketing alimentario más honesto.

2) Un mayor control de las malas prácticas, con arreglo a la ley (sí, existe).

3) Educación nutricional para la ciudadanía

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