La mitad de la población, al menos, tendrá que pasar por este proceso: la menopausia. Su significado literal es la desaparición o el cese de la menstruación y puede suponer, en la mayor parte de ocasiones, inconvenientes de salud, tanto físicos como emocionales. Por ello, todos los estudios para garantizar la calidad de vida de las mujeres durante esta fase son bienvenidos y positivos.

Se pueden diferenciar 2 grandes etapas, aunque pueden variar dependiendo de los casos concretos. La primera es la perimenopausia, cuya duración abarca entre 2 a 8 años, mientras que la segunda es la postmenopausia, que no llega más allá de los 65 años. Es decir, que casi un tercio de la vida de una mujer estará rodeada por la menopausia

Entre los síntomas que pueden aparecer destacan los sofocos, de entre 30 segundos y 2 minutos de duración –a veces, con sudores fríos–, piel seca, cambios de humor, alteraciones del sueño, pérdida parcial de memoria e, incluso, algunos que conviene observar con especialistas, como la osteoporosis –causada por la disminución de estrógenos–, la sequeda vaginal o enfermedades cardiovasculares. 

Este último apartado es de vital importancia para la salud de las mujeres, ya que según algunos estudios, cerca del 60% de las mujeres en dicha etapa presentan una enfermedad crónica, teniendo como principal causa de mortalidad las citas cardiovasculares. En este sentido, la medicina ha de mejorar la calidad de vida de las mujeres que cuenten con síntomas más severos, aparte de que la ciencia se tiene que volcar en disminuir los riesgos y consecuencias derivadas de la etapa menopáusica. 

Ciencia para comprender mejor la menopausia

Vista la relevancia de la menopausia para mejorar un periodo que para muchas mujeres supone una pérdida de salud importante, John Perry, de la Universidad de Cambridge (Reino Unido), ha publicado un estudio en Nature de 201.323 mujeres europeas cuya menopausia natural llegó entre la edad de 40 y 60 años. 

Para comprender mejor qué implicaciones tiene esta fase, decidieron analizaron 13,1 millones de variantes genéticas. De esta forma, identificaron 290 determinantes genéticos del envejecimiento ovárico, relacionados con la menopausia tardía.

Después, manipularon 2 de estos genes, a los que denominaron Chek1 y Chek2, en una población de ratones. Para su sorpresa, comprobaron que el retraso en el período menopáusico ayudaba a mejorar la salud de los huesos, aparte de disminuir la probabilidad de padecer diabetes de tipo 2. Aunque, desafortunadamente, esto también influía en un incremento del riesgo de padecer cánceres sensibles a las hormonas.

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"Los análisis de inferencia causal que utilizan las variantes genéticas identificadas indican que prolongar la vida reproductiva de las mujeres mejora la salud ósea y reduce el riesgo de diabetes tipo 2, pero aumenta el riesgo de cánceres sensibles a las hormonas", explican los investigadores.

A pesar de ello, las investigaciones en este sentido suponen un importante avance en el campo de la menopausia, para entender mejor cómo prolongar la fertilidad, en un mundo donde dicha época se ha retrasado, y prevenir la aparición de enfermedades relacionadas con estos segmentos de edad.

"Estos hallazgos proporcionan información sobre los mecanismos que gobiernan el envejecimiento ovárico, cuando actúan, y cómo podrían ser objeto de enfoques terapéuticos para prolongar la fertilidad y prevenir enfermedades", concluyen.