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Belle-Île-en-Mer: descubre la isla que atrapó a Monet

Logotipo de Traveler Traveler 26/02/2018 Javier Martínez Mansilla
Belle-Île-en-Mer: descubre la isla que atrapó a Monet © Alamy Belle-Île-en-Mer: descubre la isla que atrapó a Monet

Acantilados implacables, playas solitarias y pueblos de estirpe marinera que salpican el litoral. Todo aquel que llega a la “isla bonita” queda ensimismado por su entorno salvaje sin pensarlo siquiera. Le pasó al pintor Monet, a la actriz Sarah Bernhardt y te pasará también a ti.

Situémonos. Nos encontramos en la Península de Quiberon, en el extremo sudoeste de Bretaña, dispuestos a coger el ferry (15 €) rumbo a Belle-Île-en-Mer.

Belle-Île-en-Mer © Belle-Île-en-Mer / Copyright: iStock Belle-Île-en-Mer

Tan solo 15 km separan esta pequeña isla, de 5 mil habitantes y el tamaño de Formentera (84 km²), de la costa de Morbihan. Sopla el viento del Atlántico, nos adentramos en un manchón más verde que Asturias y nuestro espíritu celta sale a relucir. Estamos en Francia, pero nos sentimos muy muy lejos de París.

Le Palais es la puerta de entrada a Belle-Île, la capital y su principal núcleo de población (2.500 habitantes). El ajetreo del muelle contrasta con la tranquilidad de la isla. Según la temporada, entre 5 y 20 ferries diarios atracan en el puerto entre los veleros, lanchas de recreo y algún que otro pesquero preparado para faenar. Cada año visitan la isla cerca de 400.000 turistas, según la Oficina de Turismo de Belle-Île-en-Mer.

Creperie de L'Annexe © Creperie de L'Annexe / Copyright: Javier Martínez Mansilla Creperie de L'Annexe

Deambulamos por las estrechas calles del pueblo, de casas de colores vivos, techo de pizarra y tres alturas, tan impolutas que parece que las acaban de pintar. En la Crêperie l'Annexe (12 €) descubrimos el mejor local para nuestro primer encuentro con la gastronomía bretona, siempre al servicio del mar. Aquí es obligatorio probar sus famosos crêpes o sus galettes rellenas de pescado, de marisco o verdura y regarlo todo con la auténtica sidra casera. Ya le vamos cogiendo el truco al bon vivre de los bretones.

Tras el almuerzo nos espera la Citadelle Vauban, una imponente fortificación elevada sobre un espolón rocoso que protege Le Palais. Vauban fue el ingeniero militar predilecto de Luis XIV, que rediseñaría este baluarte entre 1683 y 1689 para repeler los ataques de piratas en este enclave estratégico. Hoy la fortaleza alberga un interesante museo (entrada 8,50 €) sobre la historia de Belle-Île y unlujoso hotel (desde 135 €) con celdas reconvertidas en coquetas suites y habitaciones con vistas privilegiadas del puerto.

Galette de la Creperie L'Annexe © Galette de la Creperie L'Annexe / Copyright: Javier Martínez Mansilla Galette de la Creperie L'Annexe

No podemos dejar Le Palais sin antes curiosear entre los locales y tiendas que atraen tanto a foráneos como a locales. Aquí todo está cuidado al más mínimo detalle, todo se hace con mucho mimo, y así lucen sus escaparates que parecen sacados de un cartel vintage.

Chocolaterías como Les Niniches, tiendas de decoración como Ile Iluminée o de productos autóctonos como Aux Gouts du Monde nos muestran que todo lo que se hace en Belle-ile, se queda en Belle-ile. La famosa tienda de conservas la Belle-iloise nos recuerda la tradición pesquera de la sardina en la isla y los típicos jerseys blancos a rayas azules de las tiendas de souvenirs nos recuerdan que no hemos salido de Bretaña. 

No faltan los artistas y artesanos que procedentes de toda Francia han decidido instalarse en la isla cautivados por su tranquilidad y magnetismo natural. Entre sus ateliers destacan la cristalería Fluïd y la destilería de whisky Kaerilis, que le han dado un nuevo aire a Le Palais y a toda la isla.

En Belle-ile no hay tiempo para las prisas. Enseguida nos contagiamos por el ritmo isleño en el que siempre sobra el reloj, abunda el silencio y la bicicleta se convierte en el vehículo soñado para explorar sus caminos costeros, sus playas y su campiña interior. Son embajadores del slow travel.

Destilería de whisky Kaerilis © Destilería de whisky Kaerilis / Copyright: Javier Martínez Mansilla Destilería de whisky Kaerilis

MONET Y LAS AGUJAS DE PORT COTON 

“Estoy en un país precioso de salvajismo, un amontonamiento de rocas tremendo y un mar inverosímil de colores”. Así le escribe Claude Monet a su amigo Gustave Caillebotte en 1886, recién llegado a la isla.

El pintor acude a Belle-Île en busca de paisajes diferentes, de sensaciones nuevas, y descubre una naturaleza indómita, un clima impredecible y una belleza que lo atrapa. Desde el borde del acantilado planta su caballete, contempla la costa y se pone a pintar, una y otra vez hasta llegar a 39, esa misma estampa: las agujas de Port Coton.

Las agujas de Port Coton © Las agujas de Port Coton / Copyright: D.R. Las agujas de Port Coton

Tras los pasos de Monet cruzamos la isla en busca de ese paisaje. Pasamos junto al gran faro de Goulphar (entrada 2,50 €) que con 52 metros de altura domina el altiplano, y continuamos por un estrecho camino que nos lleva hasta la costa oeste, en el municipio de Bangor.

En las Agujas de Port Coton se contempla la feroz batalla entre el mar y la roca; un conjunto de afilados escollos soporta el batido incesante de las olas frente a los acantilados de esquisto de cincuenta metros de altura.

Poco a poco va cayendo el sol, cambiando las tonalidades del cielo mientras las gaviotas abandonan la escena. Este es un enclave especial, casi hipnótico que invita a la meditación y a sacar muchas fotos (no solo pintar).

Muy cerca, sin salir de Bangor, el Hôtel Le Grand Large, es un agradable tres estrellas situado en un antiguo chalé con vistas al mar (desde 78 €), ideal para alojarse en Belle-Île. Otra propuesta interesante es la del Hôtel Castel Clara, también al lado, con su extenso bufé de mariscos y centro de talasoterapia con etiqueta Ecolabel Europea.

Agujas de Port Coton © Agujas de Port Coton / Copyright: Javier Martínez Mansilla Agujas de Port Coton

LA POINTE DE POULAINS Y SARAH BERNHARDT 

En 1894, desembarcaría en la isla la más importante actriz de la tragedia francesa, Sarah Bernhardt, para quedar prendida para siempre de su encanto y misterio.

En el extremo norte de Belle-Ile, en la Pointe de Poulains, compraría una pequeña fortaleza para refugiarse los últimos treinta veranos de su vida. El fortín es hoy un museo (entrada 5 €) en su honor donde nos explican la vida y obra de la primera celebrity de la época, tan excéntrica que llegaba a dormir en un ataúd y tener de mascota a un cocodrilo, hasta que se comió a su perrito, cuentan.

Seguimos la senda que conduce hasta el faro, situado en una minúscula isla rocosa, conectada por una playa a la que solo se puede acceder cuando baja la marea.

Fuerte de Sarah Bernhardt y Pointe de Poulains © Fuerte de Sarah Bernhardt y Pointe de Poulains / Copyright: Javier Martínez Mansilla Fuerte de Sarah Bernhardt y Pointe de Poulains

De vuelta al corazón de la ínsula nos detenemos en Sauzon para degustar el mejor pescado de Belle-Île y comprobar si el puerto es tan bonito como nos lo han pintado.

Nos sentamos en la terraza del Café de la Cale, situado en la orilla de la ría, con vistas de la bahía, los barcos, las casitas de colores y el pequeño faro, y pronto sacamos nuestras conclusiones. Las sardinas son la especialidad de la casa, aunque el menú que abre con sopa de marisco y pescado del día es más que tentador (precio 20 €).

Ruta Coster GR 340 © Ruta Coster GR 340 / Copyright: Javier Martínez Mansilla Ruta Coster GR 340

ACTIVIDADES EN EL ECOSISTEMA PROTEGIDO

Belle-Île-en-Mer: descubre la isla que atrapó a Monet © En Belle-Île-en-Mer abunda el silencio y la bicicleta / Copyright: Alamy Belle-Île-en-Mer: descubre la isla que atrapó a Monet

La costa escarpada esconde hasta 7 km de playas desiertas y una naturaleza protegida aún por explorar. La vela, el surf y el kayak seducirán a aquellos que no teman tomarle el pulso al Atlántico en playas como la de Donnant, Herlin o Les Grand Sables, de dunas móviles.

Cuando el mar da un respiro, el fondo marino, plagado de arrecifes, de bancos de maerl y con la mayor concentración de percebes de Europa, se convierte en el mejor escenario para el submarinismo y el esnórquel. Ya en tierra firme, la GR 340, un sendero de 82 km que rodea la isla, hará las delicias de los runners, ciclistas y senderistas que quieran descubrir este ecosistema protegido por la Red Natura 2000.


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