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Migrantes centroamericanos saturan refugio en Tabasco

logotipo de Milenio Milenio 06/03/2021 Manuel López
En la 72, cientos de migrantes duermen a la intemperie. (Manuel López) © Proporcionado por Milenio En la 72, cientos de migrantes duermen a la intemperie. (Manuel López)

Karina, es una Hondureña con Leucemia desde los 16 años, un hospital en su país la desahució y le informaron que le quedan cuatro meses de vida.

Ante ese panorama, salió de su país, dispuesta a morir caminando en el intento para lograr el trasplante de médula ósea que requiere en los Estados Unidos.

Llegó desde hace una semana a Tenosique, Tabasco, y en ese tiempo ya fue hospitalizada de emergencia para recibir cinco transfusiones de sangre. Ahora se recupera, pero aún está muy débil.

“A mí me desahuciaron del hospital de Honduras, me dijeron que ya me quedaba poco tiempo de vida si no me hacia el trasplante de médula a tiempo”, dijo a MILENIO.

Su hermano Kevin, el mayor de ocho hermanos, quiere salvarla, es su donador con 98 por ciento de compatibilidad, ambos están refugiados en la casa Hogar para migrantes “La 72” en Tenosique.

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“Quiero salvarle la vida a mi hermana y si no lo logramos aquí (en México) tendríamos que irnos más arriba para los Estados Unidos, pero eso sería muy difícil para ella porque moriría”, admitió el hombre que no despega el ojo de su hermana enferma.

Karina Ramírez, clamó ayuda a las autoridades de Salud del estado de Tabasco y al presidente Andrés Manuel López Obrador para que le brinden atención médica y la posibilidad de que sea intervenida.

“Le pido al gobierno mexicano, tal vez al presidente (Andrés Manuel López Obrador), alguna fundación que nos ayuden a llegar a Estados Unidos o que nos ayuden con el tratamiento (...) tal vez moriría en el camino intentándolo, pero vida es lo más lindo que uno tiene y solo es una y quiero vivir, apenas tengo 20 años y quiero luchar por mi vida”, clamó la joven hondureña, famélica.

Al interior del albergue hay otros migrantes, hay quienes huyen de la violencia, de los desastres naturales y también los que sufren persecución política, como el caso de Carlos Gutiérrez, un estudiante de informática que dejó Venezuela por ser opositor al gobierno del presidente Nicolás Maduro.

Viaja con sus amigos Joan y Alberto, otros dos venezolanos que juntos, sufrieron asaltos, agresiones y extorsiones, los tres pretenden llegar solicitar asilo político en los Estados Unidos.

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Carlos abandonó a sus hermanos y a su madre de 67 años, la crisis venezolana sumió a su familia en el desempleo y el hambre.

Cuenta que a la semana se alimentaban con una libra de arroz (medio kilo del grano) y a veces sí bien les iba en el taller mecánico, alcanzaba solo para comer cambures (plátanos).

“Ninguno de los tres podemos volver a Venezuela, allá somos opositores. Tenemos tres meses viajando, cruzando selvas y peligros, yo sí voy a llegar a Estados Unidos...”, dice seguro.

El flujo migratorio se disparó en la frontera sur, por ello, los directivos de la Casa Hogar Refugio para Migrantes, La 72, declararon emergencia humanitaria ante la saturación de sus instalaciones y exigieron a las autoridades federales, municipales y estatales implementen un albergue alterno.

“Hemos hecho también una exigencia a las autoridades que puedan abrir algún un albergue alternativo porque esto es un trabajo de la sociedad civil, pero pensamos que el gobierno tiene cierta estructura”, informó Fray Gabriel Romero, director de la 72.

El religioso destacó que, en enero y febrero, unos 6 mil centroamericanos pernoctaron, cifra superior a los últimos tres años en un 100 por ciento.

En el Refugio, ya no hay espacios, diariamente llegan en “flujo hormiga”, entre 50 y hasta 100 ilegales, la mayoría son mujeres, niños y adolescentes.

Para evitar contagios por covid-19, la casa hogar, con capacidad para 300 personas, solo permite 150 indocumentados y en las noches abre su capilla para otros cien, bajo un estricto protocolo epidemiológico.

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Familias enteras con niños duermen afuera de las instalaciones, improvisan chozas con bolsas de plásticos, sábanas, cartones, colchones viejos y otros duermen a campo abierto con el peligro de ser asaltados o víctimas de serpientes e insectos venenosos.

“No pueden tener mucha gente adentro por el problema del covid, es más, ahorita solo dejaron entrar a 100 personas para que durmieran en la capilla y, los demás, todos van a dormir afuera”, se quejó Manuel Mejía.

La mayoría de los indocumentados pernoctan y continúan su viaje a través de montañas, potreros, ranchos y las vías del tren, “la bestia” que desde 2020 dejó de pasar por el retiro de durmientes para las obras del Tren Maya.

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