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¿Son los skaters los que resolverán los problemas del mundo?

logotipo de LA Times LA Times 12/12/2021 David Wharton
(Brian van der Brug/Los Angeles Times) © (Brian van der Brug/Los Angeles Times) (Brian van der Brug/Los Angeles Times)

Las mujeres mantienen la distancia, al principio. Vestidas con camisetas y tenis, y con sus patinetas en la mano, permanecen junto a una valla metálica, hablando, riendo, esperando su turno.

El equipo de Aunt Skatie, como se llaman a sí mismas, se ha desplazado al este del centro de Los Ángeles para reunirse a las afueras de un parque de skate comunitario equipado con todo tipo de escaleras, bancos y salientes de hormigón para hacer trucos. En una mañana gris de domingo, pueden ver que el espacio está lleno sobre todo de muchachos.

Mientras pierden unos minutos en una cancha de tenis adyacente, las jóvenes se mueven en círculos al momento que un altavoz portátil emite música rap, cuyo fuerte ritmo se mezcla con el ruido de las ruedas de uretano. Uno de los hombres que camina por el parque se detiene para mirarlas a través de la valla; Maggie Bowen, la líder de Aunt Skatie, está acostumbrada a ello.

“Entrar en un parque de skate como mujer puede ser intimidante”, dice. “Sobre todo si eres principiante, los muchachos te miran raro”.

How women and the LGBTQ skate community are revitalizing skateboarding culture
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Su deporte no es inmune a los problemas culturales de raza, género y orientación sexual, pero Bowen dice que “para las mujeres y la gente queer, es más fácil si se patina en grupo”. Y la creciente popularidad de equipos como el suyo hace que los sociólogos se pregunten si los patinadores podrían enseñarle al resto del mundo algo sobre la inclusividad.

Los Juegos Olímpicos de Tokio ayudaron a mostrar que el patinaje no es solo para los niños blancos de los suburbios. La gente de color ha llegado a los niveles más altos de la competencia y el ambiente es claramente urbano, alimentado por la música hip-hop y la moda callejera. Ahora se están sumando más mujeres y la comunidad LGBTQ.

“Nadie es dueño del skateboarding, no está formado por instituciones que formulen políticas”, dice Neftalie Williams, académica de la USC y profesora visitante en Yale. “Simplemente ocurre de forma orgánica con personas que se unen para hacer esto que aman”.

La leyenda del patinaje Tony Hawk lo llama “seguridad de los números”.

La reciente reunión de Aunt Skatie pone a prueba esta noción cuando todo el grupo se aventura -un poco nervioso- en el interior de El Sereno Skate Park. Esta podría ser la mejor manera de entender la cultura, a través de historias de personas y lugares del Sur de California, la cuna del skateboarding.

El becario

El chico notó algo diferente. Mientras crecía en Massachusetts -años antes de convertirse en académico- Williams vio que el skateboarding no tenía reglas ni entrenadores como las ligas menores y el futbol juvenil.

“Nadie estaba a cargo”, recuerda. “Simplemente todo el mundo decidía que quería aprender por su propia cuenta”.

Convertido en un ávido patinador en su adolescencia, Williams asistió a la USC, en parte porque el clima del Sur de California le permitía pasar más días al aire libre sobre su patineta. Las clases de diplomacia pública le hicieron ver su pasión con una óptica diferente.

Si te presentabas en un skatepark o en un sitio callejero con un truco nuevo, o simplemente con ganas de aprender, los desconocidos tendían a aceptarte. La cooperación era la mejor manera de mejorar y esto, se dio cuenta, fomentaba la diversidad.

“Los jóvenes construían comunidades”, dice. “Era una forma estupenda de ser social como individuo o como colectivo”.

Para entonces, el deporte había experimentado una serie de evoluciones en su relativamente breve historia. Los surfistas empezaron a practicar este deporte en la década de 1950, buscando algo que hacer cuando el océano estaba sin muchas olas. Los descensos se convirtieron en trucos dentro de piscinas vacías y parques de patinaje y en grandes saltos en rampas verticales. La década de 1990 supuso el regreso a las calles, con un énfasis en el uso de los bordillos y las escaleras como accesorios.

La gente de color llevaba mucho tiempo formando parte de la escena urbana -Williams recuerda a niños negros, blancos y latinos patinando juntos en su ciudad natal-, pero Hawk dice que la urbanización sobrealimentó esta dinámica: “Ahí es donde se veían más niños de diferentes orígenes”.

Los negros y los latinos representan ahora casi un tercio de los 9 millones de patinadores en Estados Unidos, según Sports Marketing Surveys, una agencia de investigación internacional. El número de mujeres patinadoras también ha aumentado hasta los 2.7 millones y se calcula que el 7.4% de los encuestados que se identifican como LGBTQ son patinadores.

Esta diversidad ha atraído más atención al trabajo que Williams y sus colegas están haciendo en la USC. Su encuesta de 2019 de casi 6.000 patinadores en todo el país encontró que la raza, el género y la orientación sexual no parecen importar tanto cuando están patinando.

Con sus rastas y su comportamiento perpetuamente acelerado, Williams está escribiendo un libro sobre la “diplomacia de la patineta” y trabajando con el Instituto Smithsoniano para reforzar sus archivos sobre este deporte. Cree que cuanto más sepamos sobre el patinaje, más podremos incluirlo en todo tipo de entornos compartidos.

“Los patinadores están trabajando en los problemas del mundo”.

El explorador

Aunt Skatie crew member Dan Haase rolls down a quarterpipe at South Pasadena Skate Park. (Brian van der Brug / Los Angeles Times) © (Brian van der Brug / Los Angeles Times) Aunt Skatie crew member Dan Haase rolls down a quarterpipe at South Pasadena Skate Park. (Brian van der Brug / Los Angeles Times)

Antes de que Tony Alva se diera a conocer como miembro latino de los famosos Z-Boys, antes de que Nyjah Huston se convirtiera en una superestrella negra del circuito profesional, Marty Grimes era un niño que se levantaba temprano los sábados por la mañana y salía de su casa de Midtown para ir a explorar.

Eran los primeros años de la década de 1970 y no había muchos patinadores de color como él. Grimes, su hermano y algunos amigos tomaban un autobús hasta el oeste de Los Ángeles y empezaban a subir por Bundy Drive. Encarnaban una verdad fundamental en el patinaje: La movilidad es igual a la diversidad.

Las mismas patinetas que se utilizan para hacer trucos también sirven para transportarse de un lugar a otro, una forma de interactuar para jóvenes de diferentes etnias y entornos socioeconómicos.

En aquella época, los patinadores querían emular la sensación del surf, buscando bancos suavemente curvados que pudieran montarse como olas de hormigón. Esto le convenía a Grimes, que aprendió a surfear a una edad temprana, pero cambió de deporte porque no tenía un transporte para ir a la playa.

Las viejas fotografías le muestran como un adolescente delgado, con camiseta y pantalones cortos, agachado sobre su tabla, tallando elegantes recortes. Él y su equipo empezaban en Brentwood, se trasladaban a la escuela primaria de Kenter Canyon y luego a la de Bellagio Road, al otro lado de la autopista 405.

“Íbamos a barrios donde los adultos no querían vernos”, dice Grimes. “Los hombres adultos sacaban las cabezas de sus autos y decían: ‘Oye, negro, lárgate de aquí’”.

Los patinadores blancos a menudo se sorprendían al ver patinar a los muchachos negros, pero los trataban bastante bien, especialmente cuando Marty y Clyde Grimes mostraban sus habilidades. Marty recuerda: “Se decían: ‘Estos muchachos están arrasando. Veamos lo que pueden hacer para nosotros también hacerlo’”.

Más historias

Jay Adams, una estrella de la época, vio a los hermanos patinando fuera del Auditorio Cívico de Santa Mónica y los reclutó para su equipo profesional, un movimiento inusual en un deporte dominado por los blancos en aquella época.

Cincuenta años después, Grimes es miembro del Salón de la Fama del Skateboarding y fundador de HoodWood Skateboards, una de las crecientes empresas de propiedad negra del sector. Recuerda aquellos años de formación, una rutina de fin de semana que incluía ir a Sunset Boulevard y a la Paul Revere Middle School, para luego volver a Pico Boulevard para tomar el autobús de vuelta a casa.

“Nada podía detenernos”, dice. “Seguíamos patinando y patinando y nuestro mundo se hacía cada vez más grande”.

Un domingo cualquiera por la mañana el eco del traqueteo de las ruedas se puede oír a una manzana de distancia, sacudiendo las somnolientas calles de Koreatown.

Los patinadores acuden en masa a esta plaza situada frente a un edificio de oficinas por su salientes de granito parecidas a un tablero de ajedrez -como jardineras sin follaje-, perfecto para patinar. El nombre oficial es Liberty Park, pero los habituales lo llaman “JKwon”. O, más sencillamente, iglesia.

“Aquí es”, dice Don Cooley. “Has llegado al sitio indicado”.

De pie junto a la plaza, vestido con un elegante chándal negro y rojo, Cooley ejerce de anfitrión no oficial. Con motas grises en la barba y una pequeña patineta tatuada sobre la ceja derecha, da la bienvenida a los recién llegados, intercambiando bromas e historias.

“Hay suficiente espacio para todos”, dice con un movimiento de su brazo. “Puedes tomar una tabla y empezar a patinar y con eso formas parte de todo esto”.

Esta es otra de las ventajas de este deporte: los recursos ilimitados.

Los jugadores de baloncesto tienen que ganar para seguir en la cancha y los surfistas compiten por un número finito de buenas olas. Los patinadores, que tienen a su disposición innumerables estacionamientos, patios de colegio y plazas públicas, no tienen esas limitaciones. Aunque el Proyecto Skatepark de Hawk ha recaudado más de $10 millones para construir cientos de parques de patinaje en todo el país, dice: “El paisaje urbano puede ser un parque de patinaje. Se puede hacer en cualquier sitio”.

Por cada lugar que puede estar abarrotado o vigilado por los locales territoriales, hay una docena más. La mayoría de los patinadores siguen una etiqueta no escrita, turnándose en las salientes y las rampas. Los principiantes recorren las secciones fáciles y dejan las más difíciles a los veteranos.

Así es como funciona en JKwon.

El lugar ha sido muy popular durante décadas por su gran riqueza, con todas esas cornisas y unas cuantas rampas suaves y columnas curvas para los paseos por la pared. Los dueños de la propiedad intentaron durante un tiempo, impedir que los jóvenes patinaran ahí, pero dejaron de hacerlo durante la pandemia.

Skateboarder Heather McAdams greets Don Cooley, right, unofficial host at JKwon Plaza in Koreatown. (Brian van der Brug / Los Angeles Times) © (Brian van der Brug / Los Angeles Times) Skateboarder Heather McAdams greets Don Cooley, right, unofficial host at JKwon Plaza in Koreatown. (Brian van der Brug / Los Angeles Times)

Ahora, la acción comienza temprano, con la esperanza de que todo el mundo pueda pasar unas cuantas horas antes de que los guardias de seguridad lleguen y los echen a mediodía. El público es diverso, incluidas algunas mujeres y un transexual habitual. “Nadie se mete con él”, dice Cooley. “Todo es amor”.

Como director del equipo de DGK, una marca de patinetas cuyo nombre es la abreviatura de “Dirty Ghetto Kids”, este hombre de 43 años tiene el suficiente peso como para mantener a todo el mundo a raya, hablando con rapidez y puntuando sus pensamientos con una risa rápida o un toque en el hombro.

“Nadie tiene que pelearse por una cornisa para patinar. Por supuesto que tenemos algunos imbéciles, pero también hay gente como yo, que los regaña”.

Las reglas son importantes para un hombre que fue toda una promesa como patinador, luego tuvo problemas con la ley y cumplió condena en prisión. Volver al deporte, dice, “literalmente me salvó la vida”. Cuando los guardias de seguridad entran en acción, insta a los patinadores a marcharse sin rechistar.

“Trata a la gente como quieres que te traten”, dice.

El profesor

Pasó un tiempo antes de que los muchachos dejaran a una mujer patinar con ellos. Briana King tenía 12 años, era delgada e inexperta, pero estaba obsesionada con montar una patineta que consiguió en un mercadillo. Ansiosa por demostrar que era “lo suficientemente buena”, se enfrentó a unas escaleras.

“Me rompí la pierna”, dice.

Eso acabó con su primer intento de patinaje.

En la década siguiente, su esbelta figura y su aspecto llamativo la llevaron a una carrera de modelo, que la llevó de Boyle Heights a Australia y luego a Nueva York. Se unió a un grupo de amigas -otras mujeres negras- que la animaron a volver a subirse a una tabla después de 12 años de ausencia.

“Tenía miedo de la experiencia que me habían dado los muchachos”, dice King. “Entonces vi a gente como yo y pensé: ‘Listo, este es mi momento’”.

Al cabo de un año, una importante empresa de patinetas le pagaba para que viajara por el país e impartiera clínicas para mujeres y patinadores LGBTQ, la mayoría de ellos principiantes.

“Les digo que nos encontramos en un lugar seguro cuando estamos todos juntos”, dice.

Este nuevo capítulo de su vida se debe a otro avance en el patinaje: la influencia de las redes sociales y el “encuentro”.

En un deporte en el que el contenido online es el rey, YouTube e Instagram son cruciales para dar a los patinadores la oportunidad de publicar videos, hacerse ver y atraer patrocinadores. Para las personas de color, las mujeres y la comunidad LGBTQ, estos medios cumplen una función adicional.

Los patinadores infrarrepresentados pueden encontrarse, organizar encuentros y formar equipos. En Skate Like a Girl, una organización sin ánimo de lucro de Oregón, su directora ejecutiva, Kristin Ebeling, afirma que los grupos noveles pueden lograr rápidamente lo que antes requería años de trabajo en red y publicidad. “Con un par de hashtags, puedes conectar con 100 personas de tu comunidad”, dice.

En las sesiones de King suelen aparecer algunos principiantes tímidos y nerviosos, y ella se acerca a ellos, encantada de empezar poco a poco, cogiéndoles de la mano mientras se acostumbran a estar de pie sobre una tabla.

Algunos veteranos se quejan de haberse saltado una fase: la parte incómoda y aterradora de empezar solo. Pero este deporte sigue luchando contra la misoginia y las denuncias de agresiones sexuales en las filas profesionales. Los grupos de encuentro han contribuido a crear equipos diversos, como Board 2 Tears y GRLSWIRL en Los Ángeles, froSkate en Chicago y Skate Kitchen en Nueva York.

La nueva forma le viene bien a King, que aprendió a utilizar Instagram en su carrera de modelo. Buscando atraer a las mujeres y a los patinadores LGBTQ, pidió financiación a las empresas de monopatín y promocionó en Internet sus encuentros.

“Suele haber como 60 personas como mínimo”, dice. “La mayoría se siente muy cómoda rodeada de mujeres y personas no binarias o queer”.

Esta sensación de seguridad funciona en ambos sentidos. Aunque el repertorio de King incluye ahora suficientes trucos para estar cerca de los profesionales, se siente nerviosa cuando patina sola, especialmente si es la única mujer negra.

“Necesito una pandilla más grande de amigos”, dice. “Quiero tener más muchachas con las que patinar”.

Aunt Skatie crew member Isabel Sherman rolls off a quarterpipe at South Pasadena Skate Park. (Brian van der Brug / Los Angeles Times) © (Brian van der Brug / Los Angeles Times) Aunt Skatie crew member Isabel Sherman rolls off a quarterpipe at South Pasadena Skate Park. (Brian van der Brug / Los Angeles Times)

El equipo de Aunt Skatie atraviesa una puerta en la valla de malla metálica, dejando atrás la pista de tenis y entrando en el Skate Park de El Sereno. Bowen les pregunta: “¿Cuál es su objetivo para hoy?”.

Esta joven de 22 años empezó a patinar de adolescente en Michigan - “bombardeaba las colinas de mi barrio”- y necesitaba un nuevo equipo en la USC. Decidió crear el suyo propio, repartiendo folletos, publicando invitaciones en las redes sociales, e incluso persiguiendo a otras mujeres que montaban sus tablas en el campus.

Muchos de los miembros de Aunt Skatie son principiantes, y al principio se limitan a lo básico, montando en espacios planos y obstáculos fáciles. Isabelle Sherman se plantea probar el perímetro, negociando el sube y baja de las rampas en cada esquina.

“Probablemente lo estoy pensando demasiado”, dice.

Bowen le responde: “Definitivamente, tienes la vibra”.

“Es que es mucho más difícil de lo que parece”.

“Bien”, dice Bowen. “Me voy”.

Nadie presta demasiada atención mientras la pareja trabaja en la técnica, y eso es algo bueno. Para las mujeres, las miradas lascivas de los hombres no son lo único malo de patinar solas; también están los consejos no solicitados. Lily Alonso dice que algunos hombres “intentan acercarse y entablar conversación de forma coqueta. O empiezan a dar consejos de hombre”.

Aunt Skatie crew leader Maggie Bowen, left, and Ava Van Vechten check out the scene at South Pasadena Skate Park. (Brian van der Brug / Los Angeles Times) © (Brian van der Brug / Los Angeles Times) Aunt Skatie crew leader Maggie Bowen, left, and Ava Van Vechten check out the scene at South Pasadena Skate Park. (Brian van der Brug / Los Angeles Times)

Los diferentes grupos de El Sereno se mantienen al principio solos, cayendo en un ritmo tranquilo y familiar. Los grupos se sitúan a lo largo del borde, esperando una oportunidad para hacer un recorrido, luego hacen sus trucos y se vuelven a reunir en el otro lado.

Pero a medida que pasa el tiempo, empiezan a interactuar. Alguien grita “¡Bien!” en respuesta a un truco bien ejecutado. Otro necesita que le presten una herramienta para ajustar los trucks de su tabla. La gente empieza a charlar.

“Es amistoso”, dice Alonso. “Es honesto”.

A primera hora de la tarde, el cielo gris se ha vuelto azul y El Sereno está lleno de gente. La temperatura es lo suficientemente cálida como para que todo el mundo empiece a sudar.

El equipo de Aunt Skatie lleva un par de horas y algunos se están cansando. Bowen y Sherman no quieren irse todavía. Hacen unos cuantos, recorridos más, navegando por las rampas y adquiriendo más confianza con cada vuelta al parque.

Para leer esta nota en inglés haga clic aquí

Este artículo fue publicado por primera vez en Los Angeles Times en Español.

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