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Debo admitir que he fracasado haciendo viajes en solitario

logotipo de Vogue Vogue 24/11/2022 Molly Furey

En algún momento de este viaje sola, de nueve horas en autobús de Tauranga a Wellington (en Nueva Zelanda), empecé a sentir que tal vez estaba haciendo mal todo con el asunto de los viajes en solitario siendo mujer. 

Llevaba seis horas cantando ‘Acelere Chofer’ con una niña de ocho años y empezaba a cuestionar casi todo lo que me habían dicho sobre ir de vacaciones a solas, siendo mujer. Si hubiera sido una comedia romántica, de seguro habría acabado junto al amor de mi vida, y no haciendo de niñera gratuitamente.

Antes de partir hacia Nueva Zelanda, consideré que el hecho de que viajar sola era un asunto meramente incidental. Me gusta el senderismo y la natación, y eso es lo que tiene Nueva Zelanda para ofrecer. 

Cada vez que alguien respondía a mis planes de viaje con un ‘¡¿tú sola?!’, me encogía de hombros, algo indiferente y desconcertada por su preocupación. Soy introvertida, feliz en mi propia compañía, lectora y alguien con un incesante monólogo interior que es a la vez entretenido y agotador. Así que estar sola no sería una gran cosa para mí. En cambio, ¿resistirse a la disponibilidad casi constante de comer pescado y papas fritas? Eso sí que sería un gran reto.

Nueva Zelanda llevaba tiempo en mi lista de deseos, así que estaba queriendo ir con impaciencia, tanto si alguien me acompañaba como si no. No me preocupaba el viaje de casi 50 horas que tendría que hacer, y le resté importancia a mi tardía comprensión de que mi gran verano en el extranjero sería, de hecho, durante el invierno en el hemisferio sur. 

Tenía seis semanas para recorrer las dos islas, guiada por mis propios caprichos. Sin nada que perder y todo que ganar, me fui sin adaptador eléctrico, plan o itinerario, y por lo tanto, con unas expectativas muy poco realistas.

Julia Roberts en Eat Pray Love. © Alamy Stock. Julia Roberts en Eat Pray Love.

Y sin embargo, en un momento de despreocupación en este autobús Intercity, olvidada de la mano de Dios, empecé a preocuparme. Aunque Spotify insistió (y, debo añadir, fue un poco raro todo) en recomendarme la lista de reproducción ‘Mi vida es una película’, el viaje no había llegado a parecerse a lo que vemos en los guiones de Hollywood. 

Un chofer desdentado me pidió mi ticket y sufrí una serie de errores de cálculo en el cambio de divisas. Lo más vergonzoso de todo es que no había tenido ni un solo momento de autodescubrimiento del cual presumir. Estaba fracasando por completo a la hora de cumplir con el mito de la viajera en solitario que cambia su vida. 

Este cliché lo vemos en todas partes dentro de la cultura pop. Está presente en las grandes peliculas al estilo Comer, amar, rezar y Bajo el sol de Toscana. Es Celine en Before Sunrise, Ann en Roman Holiday, y las chicas de Sisterhood Of The Travelling Pants. Es ineludible. Y es el estándar con el que inevitablemente te medirás si alguna vez te encuentras viajando sola al otro lado del mundo.

Incluso si no eres una fanática del cine, no podrás evitar ese shock cultural. En esta época del ‘yo’ y del individualismo exacerbado, se ha convertido tanto en un cliché ridiculizado como en un ideal envidiado en las redes.

Al momento de escribir este artículo, hay unos 7,7 millones de publicaciones con la etiqueta #solotravel en Instagram. Mientras recorría Nueva Zelanda con mi monstruosa mochila, seguía idealizando los posts de otras personas sobre sus viajes aventureros, lamentando no llevar un par de anillos en los pies comprados en algún mercado local de Indonesia.

Muchos de nosotros nos encontraremos deambulando en solitario en algún momento de nuestras vidas, y las mujeres constituyen un estimado (y asombroso) 84% de todos los viajeros en solitario. 

Un informe de HostelWorld de 2019 declaraba que ‘el futuro de los viajes es femenino’: ‘Mientras que antes los viajes en solitario se veían como algo valiente y arriesgado para las viajeras’, reza el informe, ‘un cambio de actitud ha significado que ahora es una experiencia aventurera y emocionante que les permite sentirse libres y empoderar a otras mujeres para que hagan lo mismo’.

En los cuatro años que precedieron a la pandemia, las búsquedas de ‘viajes de mujeres en solitario’ se multiplicaron por seis, según Google, y esta tendencia no ha hecho más que reafirmarse con más fuerza desde la reapertura de las fronteras.

Estas historias de transformación inducidas por los viajes han abierto sin duda el camino y han inspirado a innumerables mujeres a viajar a lugares que nunca habrían conocido en otra época, pero esta influencia puede ser asfixiante. Casi el 70% de las mujeres citan la ‘transformación y el autodescubrimiento’ como su principal motivación para viajar solas, pero espero que no estén esperando a que una crisis les dé permiso para salir de viaje solas, ni poniendo todas sus esperanzas en alcanzar la iluminación en el camino.

A decir verdad, mi primera excursión en Nueva Zelanda fue pura alegría y deleite. Mientras caminaba por la costa de Piha, la sensación de estar en el borde del mundo era abrumadora e impresionante y completamente gratificante. De alguna manera me llenó de una sensación de calma y vértigo, por no mencionar la inmensa incredulidad de haber llegado hasta allí. El viaje estuvo salpicado de otros momentos similares. Hice el Paseo de los Pináculos y me sentí como si me hubieran catapultado directamente a El Señor de los Anillos. 

A la semana siguiente estuve en Kaikoura, y fui salpicada por una ballena jorobada que saltó justo delante de nuestro barco. Hice snowboard en Queenstown, vi delfines en Milford Sound e incluso me alojé con unos amigos en la cabaña de un viejo farero en la punta del Cabo Brett.

Y, sin embargo, cada uno de estos momentos conmovedores se vio interrumpido por una serie de errores poco elegantes que no se podían hacer pasar despreocupadamente como ‘parte de la experiencia’. 

Se me daba fatal el snowboard, y mis pompas y mis rodillas, magulladas e inmóviles, podían dar fe de ello al día siguiente. Mi autobús se averió en el Parque Nacional de Fiordland, en Milford Sound, antes de acercarme a los delfines, y nos dejó tirados durante media hora junto a un remoto pero pintoresco portón. Además, tuve que caminar 20 km hasta la mencionada cabaña del farero, así que, que quede claro, no fue una caminata ligera.

Diane Lane en Under The Tuscan Sun. © Alamy Stock. Diane Lane en Under The Tuscan Sun.

Y hubo muchos otros momentos que nada en el cine de las viajeras en solitario ha captado todavía: la cómica confusión en las gasolineras, el miedo en los hostales vacíos y el arrepentimiento en las caminatas mal orientadas bajo implacables tormentas. ¿Y qué decir de esa cruda ansiedad que se siente al hacer la primera compra en un país nuevo, intentando mezclarse una fraudulentamente con los lugareños? 

Apenas pude soportar la compra de un par de naranjas en Pak'nSave, así que puedes imaginar las escenas que se produjeron cuando me encontré conduciendo el coche de otra persona en lo que ahora sé que son las famosas y terribles carreteras de piedras de Nueva Zelanda. Como advirtió astutamente Martha Gellhorn en su amado texto Viaje conmigo mismo y con otro: ‘Millones de otros viajeros parten con grandes esperanzas y aterrizan simbólicamente entre un zapato mojado y un orinal oxidado’. 

Así que no, no tuve un gran despertar espiritual ni un momento de autodescubrimiento ni un romance que me cambiara la vida en mis viajes, pero al final de mi viaje de nueve horas en autobús, me di cuenta de que simplemente no me importaba, siempre y cuando estuviera fuera de ese bus. Y quizás eso estaba bien. No me dirigí a Nueva Zelanda en busca de una epifanía, así que ¿por qué me decepcioné cuando nunca llegó una? 

El culto a la mujer viajera en solitario, la idea de ella que nos ofrecen en los medios, exige algún tipo de búsqueda profunda y existencial de significado (profundo) para viajar. Incluso escribiendo esto, he tenido que resistirme activamente a la necesidad de dar sentido a mis caóticas compras en el supermercado y a mis ansiosos viajes a través del país. Y, sin embargo, cuando te quedas demasiado atrapada en los mitos que rodean a los viajes en solitario de las mujeres, te pierdes los momentos de la vida real que, aunque no sean dignos de una película, son sagrados y valiosos a su manera.

Es cierto que el autodescubrimiento en la carretera es posible, pero no más que en la vida cotidiana. Los viajes en solitario no son más que una forma concentrada de tu experiencia habitual del mundo. Al estar alejada de la rutina, se experimentan los momentos de profunda normalidad de una manera más intensa y vívida. 

Puede que mi viaje no haya tenido epifanías, pero sí ha aportado una brillante novedad a los momentos más mundanos: el mero placer de conseguir tomar el autobús correcto en mi ciudad, la vertiginosa incredulidad de llegar del punto A al punto B de un trayecto... Y, por supuesto, el saciante placer de un buen plato de pescado y papas fritas.

Artículo originalmente publicado en Vogue UK, vogue.co.uk. 

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